me siento a escribir e intento
huir de las chicas que juegan
la gran plath de cotillón
cuentan confites
el olor a concha de la amiga
(cuánto gusta)
los cachetazos del ex
siempre borracho
macho
talentoso para el desquite
corro y no llego
como dice doña ine
a quién le importa si estás ovulando
domingo, 5 de julio de 2009
borrador
La gabardina no cede y la molestia ya es indisimulable. No porque la tenga muy grande (con cuarentitantos de mingitorios y algún que otro vestuario sabe que entra en el grupo de los estándar tirando a chico, aunque puede asegurar a quien quiera oírlo que no ha recibido quejas, calcula que gracias a su afán de cumplidor, siempre que se le dé tiempo y aire aclara a la que parezca ansiosa) sino porque la tela se ensaña en estar tanto o más dura que su pija. El afán evangelizador de testigo de jehová recién estrenado con el que Flora le apresta la ropa es comparable sólo a la dedicación con que Romina, en un par de horas, lo va a chupar hasta que pida basta.
Decide caminar estirando el paso para ver si afloja pero no, entonces no le queda otra que con la mano derecha tirar de la tela a la altura de la bragueta al tiempo que se apoya en la punta de los pies y se eleva unos centímetros. El movimiento produce un efecto curioso: al despegar el pantalón por la ingle y levantar los talones del piso recuerda a uno de esos souvenirs que venden en la recova de la bristol y en alguna que otra manta en la plaza de salta, esos muñequitos de madera a los que si uno tira por los pies, se les para la poronga desmedida para que las tías rían sonrojadas mientras devoran los alfajores de fruta.
Mira el reloj, todavía faltan dos horas para que se encuentre con Romina en algún bar del centro, se sienten en una mesa alejada de la ventana, pidan un whisky con un hielo y un agua sin gas para ella y él acompañe con una estela para no desafiar a los dioses (sólo un par de veces se rindió a la azul promesa del sildena y el dolor de cabeza no lo abandonó por tres días). Ya con la garganta en precalentamiento, le va a sacar de a uno todos los sufrires, porque Romina no tiene historias, tiene dramas y dramitas que desgrana en un tono neutro con una pátina ácida que la deja sonreírse de vez en vez, una forma de contar que divide a los interlocutores entre el miedo y el espanto, porque en ella todo da para placa roja de crónica pero lo cuenta con el profesionalismo y la seguridad de una presentadora de la deutsche welle. A él eso lo fascina pero también lo asusta, refrena la primera náusea (siempre fue flojo del estómago, su madre todavía recuerda cuando en días de crecida, allá en atalaya, al compás que subía el río vomitaba lo que tuviera a mano) y sigue mirándola sin verla, oliéndola a través de la madera de la mesa, de los levis gastados, de la tanga, del medio mundo y cuatro baldosas que los separan.
Decide caminar estirando el paso para ver si afloja pero no, entonces no le queda otra que con la mano derecha tirar de la tela a la altura de la bragueta al tiempo que se apoya en la punta de los pies y se eleva unos centímetros. El movimiento produce un efecto curioso: al despegar el pantalón por la ingle y levantar los talones del piso recuerda a uno de esos souvenirs que venden en la recova de la bristol y en alguna que otra manta en la plaza de salta, esos muñequitos de madera a los que si uno tira por los pies, se les para la poronga desmedida para que las tías rían sonrojadas mientras devoran los alfajores de fruta.
Mira el reloj, todavía faltan dos horas para que se encuentre con Romina en algún bar del centro, se sienten en una mesa alejada de la ventana, pidan un whisky con un hielo y un agua sin gas para ella y él acompañe con una estela para no desafiar a los dioses (sólo un par de veces se rindió a la azul promesa del sildena y el dolor de cabeza no lo abandonó por tres días). Ya con la garganta en precalentamiento, le va a sacar de a uno todos los sufrires, porque Romina no tiene historias, tiene dramas y dramitas que desgrana en un tono neutro con una pátina ácida que la deja sonreírse de vez en vez, una forma de contar que divide a los interlocutores entre el miedo y el espanto, porque en ella todo da para placa roja de crónica pero lo cuenta con el profesionalismo y la seguridad de una presentadora de la deutsche welle. A él eso lo fascina pero también lo asusta, refrena la primera náusea (siempre fue flojo del estómago, su madre todavía recuerda cuando en días de crecida, allá en atalaya, al compás que subía el río vomitaba lo que tuviera a mano) y sigue mirándola sin verla, oliéndola a través de la madera de la mesa, de los levis gastados, de la tanga, del medio mundo y cuatro baldosas que los separan.
Enredado en la entretela de la memoria, buscando la punta del hilo que desande el camino que lo lleve del olor al roce de sus dientes y de ahí al brillo de la transpiración entre las sábanas usadas y a las uñas clavándosele en la espalda, en esa tarea está cuando escucha el teléfono.
Un mensaje de texto: ya están los pasajes!
Dos horas faltan para ver a Romina y perderse entre sus sombras, un poco menos que las doce que faltan para viajar con su mujer en plan segunda luna de miel
*
Se para en el borde del cordón de la vereda, balanceando el peso del cuerpo desde la punta de los dedos a los talones. Va y viene hasta que queda suspendida con los músculos en guardia, listos para dar un salto digno de zapatillas de punta y tutú. Pero está en el microcentro que todo lo ajusta y el envión sólo es de la mirada que como Mao da el gran salto hacia adelante y se choca con su propio reflejo recortado en el gris del ventanal financiero. Entonces ensaya poses: estira el cuello, mira sin ver hacia los costados, levanta el mentón desafiante. No es linda, pero tiene la habilidad de hacerte creer que sí (una vez le confesó a un amante que desde chica, cada vez que sale a la calle, se sale de sí y se ve a través del lente de una cámara que imagina ahora en ese zaguán, después en la ventana del bar, unas cuadras más allá en un poste de luz. Que camina en la búsqueda del plano adecuado para que desde el taxi que espera el verde su figura quede en marco, y tal vez se repita en la retina de ese nadie mucho más tarde). Se demora, el encuentro con Franco la tiene ahogada de bronca y pena desde hace días. ¿Cómo llegaron hasta ahí? La culpa la tiene ella, entrenada en las telenovelas de la tarde, debería haber sospechado que todo venía raro cuando la primera vez que él se acerco lo suficiente como para olerle el cuello, a sabiendas que en minutos más la iba a tener en cuatro en una cama alquilada a orillas de palermo, le escuchó un suspiro agudo y corto, como de llorona cansada en velatorio italiano. Demasiado teatro, pensó, pero lo dejó hacer.
Y ahora ahí está, sobre avenida de mayo, llenando una ficha con nombre falso. El conserje le avisa que es en el segundo piso. Ellos se van a querer en madrid, pero antes me coge en el Ritz piensa, mientras ensaya el último giro frente a la habitación 23, y sin golpear, entra.
Y ahora ahí está, sobre avenida de mayo, llenando una ficha con nombre falso. El conserje le avisa que es en el segundo piso. Ellos se van a querer en madrid, pero antes me coge en el Ritz piensa, mientras ensaya el último giro frente a la habitación 23, y sin golpear, entra.
*
Flora plancha y la mira como aquella vez, cuánto pasó? ya diez años? El limonero que ahora dibuja sombras chinescas a través del ventanal de la cocina no rankeaba ni para plantín cuando Franco hacía las valijas para pasar unos días de reflexión en la casa del country mientras ella se quedaba llorando abrazada al contestador donde había encontrado los mensajes de la otra.
Pasaron 10 y vuelve a pasar, pero ahora es diferente, Flora -tiene ganas de decirle mientras le acerca el apresto para que empape bien la ropa como a ella le gusta- Porque es como cuando voy al galpón del Ejército con Marita, recorro, miro, mido y entre todas las porquerías elijo esa silla thonet con las patas flojas y el esterillado comido por las ratas. Por qué traigo esa basura a casa si puedo comprar lo que quiera? Porque yo elijo salvarla. Esa silla destartalada con destino de relleno sanitario en el CEAMSE, inútil en su soledad de silla sin bar ni barra ni parroquiano que la acune, es rescatada por mí que la veo que está fallada pero la llevo igual, porque soy así: bu-e-na -y cree que se le escapó en voz alta, un buena vocalizado lento y abierto- Esa silla está en deuda por siempre, y aunque no se diga, en cada café servido antes de salir para la oficina, en cada toalla alcanzada al borde de la ducha, en el sexo de costado antes del buenas noches de la medianoche, en cada gesto está grabada la oración "Silla, no sos digna de que entres en mi casa, pero una palabra mía bastará para sanarte y hacerte pagar las cuentas de ésta, la anterior, la que viene y todas las vidas que imagines"
Todo eso le explicaría a Flora que la mira así, como hace diez años, pero se le hace tarde para llevar a los chicos al colegio y con esa mirada basta y sobra.
Pasaron 10 y vuelve a pasar, pero ahora es diferente, Flora -tiene ganas de decirle mientras le acerca el apresto para que empape bien la ropa como a ella le gusta- Porque es como cuando voy al galpón del Ejército con Marita, recorro, miro, mido y entre todas las porquerías elijo esa silla thonet con las patas flojas y el esterillado comido por las ratas. Por qué traigo esa basura a casa si puedo comprar lo que quiera? Porque yo elijo salvarla. Esa silla destartalada con destino de relleno sanitario en el CEAMSE, inútil en su soledad de silla sin bar ni barra ni parroquiano que la acune, es rescatada por mí que la veo que está fallada pero la llevo igual, porque soy así: bu-e-na -y cree que se le escapó en voz alta, un buena vocalizado lento y abierto- Esa silla está en deuda por siempre, y aunque no se diga, en cada café servido antes de salir para la oficina, en cada toalla alcanzada al borde de la ducha, en el sexo de costado antes del buenas noches de la medianoche, en cada gesto está grabada la oración "Silla, no sos digna de que entres en mi casa, pero una palabra mía bastará para sanarte y hacerte pagar las cuentas de ésta, la anterior, la que viene y todas las vidas que imagines"
Todo eso le explicaría a Flora que la mira así, como hace diez años, pero se le hace tarde para llevar a los chicos al colegio y con esa mirada basta y sobra.
martes, 24 de marzo de 2009
intento último y vano, el de refundar la historia en patas
los pies frios y húmedos
dejan marcas sobre el mosaico
las dicroicas, sobre el retrato,
iluminan recuerdos ajenos
navidad 88
cancún 92
brooklyn, sin fecha
lo que no compartimos
ahora lo quiebro
líneas a pulso
tajos gastados a reverencias
mientras de afuera
llegan
secas
las risas
acá
fría y húmeda
casi respiro
dejan marcas sobre el mosaico
las dicroicas, sobre el retrato,
iluminan recuerdos ajenos
navidad 88
cancún 92
brooklyn, sin fecha
lo que no compartimos
ahora lo quiebro
líneas a pulso
tajos gastados a reverencias
mientras de afuera
llegan
secas
las risas
acá
fría y húmeda
casi respiro
brillos distantes
Se siente así como en tus diez, cuando llegó tu tío con una bolsa de cañitas voladoras la tarde del 24.
Hasta esa navidad no te habían dejado jugar mas que con unas estrellitas que alumbraban menos que los bichitos de luz (¿ya no hay más? en Glew no se consiguen ni en las zanjas, se fueron con el loco Gómez y los naranjú, difícil explicarle a un pibe qué era un bichito de luz).
Te pasaste toda la comida contando con los dedos como pianito los minutos que faltaban para que llegaran las doce. Te aguantaste patear a tu hermana por debajo de la mesa, dejaste las etiquetas del vino sin despegar y comiste hasta el budín de arroz seco que preparaba tu vieja con tal de que no hubiera nada que empañara el momento.
Se hicieron las doce y lo viste a tu tío ir con la bolsa para la vereda. No corriste detrás porque no querías mostrarte taaaan contenta, porque sos así, se quiere hacer la durita decía la maestra.
Te acercaste despacio y esperaste que encendiera la mecha. Y encendió. La brasa colorada trepando por el hilo parecía que te iba quemando la panza, que ardía desde hacía un rato.
La cañita lanzó un silbido que te asustó, cerraste los ojos y te perdiste el despegue. Rápido, miraste al cielo buscando la luz que era tuya, pero no viste nada, sólo humo.
Los intentos fueron vanos. Ninguna de las diez cañitas que había en la bolsa, brillaron esa noche.
-Están falladas, será la próxima- te dijo tu tío mientras se encendía un pucho y miraba los brillos distantes de los fuegos que tiraban desde la municipalidad.
Hasta esa navidad no te habían dejado jugar mas que con unas estrellitas que alumbraban menos que los bichitos de luz (¿ya no hay más? en Glew no se consiguen ni en las zanjas, se fueron con el loco Gómez y los naranjú, difícil explicarle a un pibe qué era un bichito de luz).
Te pasaste toda la comida contando con los dedos como pianito los minutos que faltaban para que llegaran las doce. Te aguantaste patear a tu hermana por debajo de la mesa, dejaste las etiquetas del vino sin despegar y comiste hasta el budín de arroz seco que preparaba tu vieja con tal de que no hubiera nada que empañara el momento.
Se hicieron las doce y lo viste a tu tío ir con la bolsa para la vereda. No corriste detrás porque no querías mostrarte taaaan contenta, porque sos así, se quiere hacer la durita decía la maestra.
Te acercaste despacio y esperaste que encendiera la mecha. Y encendió. La brasa colorada trepando por el hilo parecía que te iba quemando la panza, que ardía desde hacía un rato.
La cañita lanzó un silbido que te asustó, cerraste los ojos y te perdiste el despegue. Rápido, miraste al cielo buscando la luz que era tuya, pero no viste nada, sólo humo.
Los intentos fueron vanos. Ninguna de las diez cañitas que había en la bolsa, brillaron esa noche.
-Están falladas, será la próxima- te dijo tu tío mientras se encendía un pucho y miraba los brillos distantes de los fuegos que tiraban desde la municipalidad.
selección
Caminar por Recoleta
de noche depara
una peluca rubia
dos kiwis
migas de pan francés
¿quién sería de no ser la que soy?
esa otra vida
que sale a encontrarte
de cada bolsa rota
recién abandonada
por ese que va ahí
empujando el carro
lo selecto de las sobras
de noche depara
una peluca rubia
dos kiwis
migas de pan francés
¿quién sería de no ser la que soy?
esa otra vida
que sale a encontrarte
de cada bolsa rota
recién abandonada
por ese que va ahí
empujando el carro
lo selecto de las sobras
viernes, 26 de diciembre de 2008
martes, 1 de abril de 2008
doble del coco
Me despierto medio ahogada. Suelo dormir despatarrada y siempre termino con las sábanas hechas un bollo en los lugares más inesperados, asi que todavía con los ojos chinos tanteo el cuello para ver si tengo anudada la funda de la almohada pero no, increíblemente está todo como en cama del próximo número de Living Dormitorios.
Pego los tres saltitos hasta el baño, me lavo los dientes y después del tercer enjuague trago un buen sorbo de agua. En mi casa si querés tomar agua fresca no hay nada mejor que la canilla del baño, sale como de la bomba que había en el fondo de lo de mis abuelos, allá en extremadura sur. Pero nada che, tengo el desierto del sahara en el fondo de la garganta y el trago apenas pasa.
Ya camino al subte de mis desvelos, le echo la culpa al guiski, vengo un promedio jodido de dos punto seis al día, me veo haciendo el doblaje del Coco Basile para Fox Internacional. Mientras calculo cuánto cobraría y posta que no sería mala changa, llego woman del Callao a mi estación rendición. Esquivo al punga amigo, cabezazo-saludo al diariero, media sonrisa a la señora de seguridad del bar, y el puto ahogo que no se va.
Un O lé con dos medialungas le digo a la piba que se acerca en el bar de todas las mañanas y me dice Perdoname no te escuché
Un O lé con dos medialungas repito y la piba me mira como si estuviera ante una refugiada chechena sordomuda y ciega
En ese instante de cruce de miradas desconcertadas, siento que empieza a soplar viento en el magreb interior y que la arena avanza por la faringe. Que se atasca en las cuerdas vocales y acumulada se vuelve piedra. Que las venas del cuello se tensan, el tatuaje se ensancha, las mandíbulas aprietan. El ahogo afloja, y me largo a llorar.
Pego los tres saltitos hasta el baño, me lavo los dientes y después del tercer enjuague trago un buen sorbo de agua. En mi casa si querés tomar agua fresca no hay nada mejor que la canilla del baño, sale como de la bomba que había en el fondo de lo de mis abuelos, allá en extremadura sur. Pero nada che, tengo el desierto del sahara en el fondo de la garganta y el trago apenas pasa.
Ya camino al subte de mis desvelos, le echo la culpa al guiski, vengo un promedio jodido de dos punto seis al día, me veo haciendo el doblaje del Coco Basile para Fox Internacional. Mientras calculo cuánto cobraría y posta que no sería mala changa, llego woman del Callao a mi estación rendición. Esquivo al punga amigo, cabezazo-saludo al diariero, media sonrisa a la señora de seguridad del bar, y el puto ahogo que no se va.
Un O lé con dos medialungas le digo a la piba que se acerca en el bar de todas las mañanas y me dice Perdoname no te escuché
Un O lé con dos medialungas repito y la piba me mira como si estuviera ante una refugiada chechena sordomuda y ciega
En ese instante de cruce de miradas desconcertadas, siento que empieza a soplar viento en el magreb interior y que la arena avanza por la faringe. Que se atasca en las cuerdas vocales y acumulada se vuelve piedra. Que las venas del cuello se tensan, el tatuaje se ensancha, las mandíbulas aprietan. El ahogo afloja, y me largo a llorar.
Los dedos de Cata
Qué fingers, vení a mirar Paddy! gritó Stella girando la cabeza lo suficiente como para permitir que su voz finita y aguda como el chirrido de las verjas sin aceite que monopolizaban la cuadra se internase en la sombra fresca del corredor. Esa forma de girar la cabeza le producía a Cata, la dueña de los dedos, una sensación de malestar corto pero tenaz, como cuando comía helado directo del cucurucho sin la mediación de la cuchara. Nunca pudo explicarlo muy bien, pero llegó a pensar que el dolor agudo que comenzaba en las encías y subía hasta la sien tenía que ver con la combinación de ese cuello de goma que parecía inhumano, de títere de kermese (siempre le había tenido miedo a cualquier tipo de muñeco) con ese agudo que remitía a vigilancia, pues ninguna casa de la cuadra aceitaba las clavijas en una suerte de autocontrol vecinal por el cual todos sabían siempre quién entraba, quien salía, a qué horas y por cuánto tiempo.
Mientras Cata intentaba en vano zafar sus manos de entre las manos de Stella, la oscuridad comenzó a tomar forma. Primero como de fantasma de sábana de dos plazas, después de oso ancho y retacón como el de los dibujitos a la hora de la leche, hasta que salió al pleno sol guacho de las tres de la tarde un hombrecito que pegaba en el poste de ser enano.
Cata decidió no mirarlo, pero cuando Paddy tomó sus manos blancas entre las de él, no pudo evitarlo. Esperaba encontrarse atrapada entre dos pasas de uva resecas pero se sorprendió con el agarre amigable, firme pero no brusco de dos manos suaves y blandas. Entonces subió por el brazo gordo hasta el lugar donde debería haber estado el hombro y el comienzo del cuello pero se encontró con una cabeza cuadrada, desmedida y con un ojo grande, celeste y perfectamente redondo como el botón huérfano del batón de cualquier abuela al sur del riachuelo. Del otro ojo, sólo un tajo zurcido. Entretanto, Paddy hizo su propia inspección sin prestar atención a los saltitos ansiosos que Stella daba en el lugar, miró las manos de costado, de frente, por arriba y por debajo y dio su veredicto:
Si, empezamos mañana
Así fue como Cata comenzó a salir de su casa todas las siestas, y luego de amortiguar el agudo de la puerta poniendo el empeine del pie por debajo de la reja justo antes de correr el pasador, trotaba sin mirar a los costados por el corredor oscuro y fresco hasta la habitación del fondo donde la esperaba Paddy rodeado de pilas de partituras, Stella sirviendo el té frío y en el centro, el piano. Al mes logró tocar el Claro de Luna con los ojos cerrados, Paddy sólo gruñía pero por el golpecito acompasado sobre la carpeta de solfeo, ella supo que estaba contento.
La rutina se quebró un domingo antes de que terminara el verano. Cata entró como siempre, intentando silenciar a la verja delatora, pero no llegó al fondo. En el zaguán estaban Paddy con su ojo de faro viejo apuntando a la nada y Stella bamboleándose en la silla de atrás hacia adelante con un impulso tal que las moscas que intentaban una parada táctica a la sombra salían chocándose espantadas.
Para vos, disparó Paddy directo a las manos de Cata un paquete rectangular envuelto en papel metalizado azul. Todavía asombrada por el recibimiento, intentó despegar con cuidado cada una de las tres tiras de cinta scotch pero las manos le temblaban mucho. Stella no aguantó la espera y en un envión para adelante estiro las manos con las uñas listas y se llevó el papel entero. Lo que quedó al descubierto fue lo más lindo que Cata había visto (y lo que habría de ver) en mucho tiempo: un piano sostenido por unas patas torneadas con el final en malaquita y con una tapa patinada en celeste coronada por una delicada guía de flores que terminaba ahi justo donde arrancaba el teclado.
Es de juguete pero ya vas a tener el de verdad, hoy andá y jugá un rato le dijo Paddy en un arranque de verborragia antes de entrar y despedirla hasta mañana. Cata se fue abrazada a su tesoro y hasta que llegó a la esquina de su casa hizo rechinar cada puerta de reja para que todos la vieran pasar. Entró derecho a su pieza y se sentó a practicar con los índices el Claro de Luna en las teclas diminutas. No tardó mucho en aparecer su hermano Toti, un moreno flaquito y nervioso que no paraba de moverse ni dormido consecuencia de, según la tía Lita, un disgusto de la madre justo antes de parirlo. El Toti revoloteaba sacudiendo los brazos como hélices de helicoptero con parkinson intentando llamar la atención de Cata, pero nada distraía a la concertista que se imaginaba en una sala dorada y roja como esa de la foto que le mostraba Paddy en la enciclopedia El Ateneo. Después de intentar con los saltos de rana, el ruido de pedos artificiales apoyando los labios en la cara interna del brazo y hasta el molesto no te toco, el aire es libre, el aire es libre y ante la ignorancia impertubable como única respuesta por parte de su hermana, Toti eligió el camino directo, manoteó el piano y salió corriendo para la cocina.
Cata se paró de un salto y siguió al bulto que a los gritos festejaba ahora sí me das bola y en un recodo del living, justo a la altura del aparador, alcanzó a arañarle la espalda pero no lo suficiente como para detenerlo. Toti acusó recibo con un alarido digno de película de terror de sábado a la noche y se trepó a la mesada, así los encontró la madre que llegaba arrastrando una joroba de pena y la cartera, a cual de las dos más pesada.
Las palabras se le atoraron a Cata piano mío Toti de verdad voy a tener uno y el pequeño no dejaba de gritar, asi que como en esas escenas que uno ve a la distancia y cree que no, que las soñó en una noche de fiebre o de cena muy pesada, la madre tomó el piano de entre las garras de Toti, lo depositó en el suelo de la cocina y de un pisotón lo partió a la mitad:
Ahora hay piano para todos
Toti se fue corriendo a prender la tele mientras la madre abría la heladera para ver qué cocinaba. Cata se quedó arrodillada al lado de las maderas rotas, clavándose las astillas bien profundo entre los dedos, hasta verlos sangrar.
Mientras Cata intentaba en vano zafar sus manos de entre las manos de Stella, la oscuridad comenzó a tomar forma. Primero como de fantasma de sábana de dos plazas, después de oso ancho y retacón como el de los dibujitos a la hora de la leche, hasta que salió al pleno sol guacho de las tres de la tarde un hombrecito que pegaba en el poste de ser enano.
Cata decidió no mirarlo, pero cuando Paddy tomó sus manos blancas entre las de él, no pudo evitarlo. Esperaba encontrarse atrapada entre dos pasas de uva resecas pero se sorprendió con el agarre amigable, firme pero no brusco de dos manos suaves y blandas. Entonces subió por el brazo gordo hasta el lugar donde debería haber estado el hombro y el comienzo del cuello pero se encontró con una cabeza cuadrada, desmedida y con un ojo grande, celeste y perfectamente redondo como el botón huérfano del batón de cualquier abuela al sur del riachuelo. Del otro ojo, sólo un tajo zurcido. Entretanto, Paddy hizo su propia inspección sin prestar atención a los saltitos ansiosos que Stella daba en el lugar, miró las manos de costado, de frente, por arriba y por debajo y dio su veredicto:
Si, empezamos mañana
Así fue como Cata comenzó a salir de su casa todas las siestas, y luego de amortiguar el agudo de la puerta poniendo el empeine del pie por debajo de la reja justo antes de correr el pasador, trotaba sin mirar a los costados por el corredor oscuro y fresco hasta la habitación del fondo donde la esperaba Paddy rodeado de pilas de partituras, Stella sirviendo el té frío y en el centro, el piano. Al mes logró tocar el Claro de Luna con los ojos cerrados, Paddy sólo gruñía pero por el golpecito acompasado sobre la carpeta de solfeo, ella supo que estaba contento.
La rutina se quebró un domingo antes de que terminara el verano. Cata entró como siempre, intentando silenciar a la verja delatora, pero no llegó al fondo. En el zaguán estaban Paddy con su ojo de faro viejo apuntando a la nada y Stella bamboleándose en la silla de atrás hacia adelante con un impulso tal que las moscas que intentaban una parada táctica a la sombra salían chocándose espantadas.
Para vos, disparó Paddy directo a las manos de Cata un paquete rectangular envuelto en papel metalizado azul. Todavía asombrada por el recibimiento, intentó despegar con cuidado cada una de las tres tiras de cinta scotch pero las manos le temblaban mucho. Stella no aguantó la espera y en un envión para adelante estiro las manos con las uñas listas y se llevó el papel entero. Lo que quedó al descubierto fue lo más lindo que Cata había visto (y lo que habría de ver) en mucho tiempo: un piano sostenido por unas patas torneadas con el final en malaquita y con una tapa patinada en celeste coronada por una delicada guía de flores que terminaba ahi justo donde arrancaba el teclado.
Es de juguete pero ya vas a tener el de verdad, hoy andá y jugá un rato le dijo Paddy en un arranque de verborragia antes de entrar y despedirla hasta mañana. Cata se fue abrazada a su tesoro y hasta que llegó a la esquina de su casa hizo rechinar cada puerta de reja para que todos la vieran pasar. Entró derecho a su pieza y se sentó a practicar con los índices el Claro de Luna en las teclas diminutas. No tardó mucho en aparecer su hermano Toti, un moreno flaquito y nervioso que no paraba de moverse ni dormido consecuencia de, según la tía Lita, un disgusto de la madre justo antes de parirlo. El Toti revoloteaba sacudiendo los brazos como hélices de helicoptero con parkinson intentando llamar la atención de Cata, pero nada distraía a la concertista que se imaginaba en una sala dorada y roja como esa de la foto que le mostraba Paddy en la enciclopedia El Ateneo. Después de intentar con los saltos de rana, el ruido de pedos artificiales apoyando los labios en la cara interna del brazo y hasta el molesto no te toco, el aire es libre, el aire es libre y ante la ignorancia impertubable como única respuesta por parte de su hermana, Toti eligió el camino directo, manoteó el piano y salió corriendo para la cocina.
Cata se paró de un salto y siguió al bulto que a los gritos festejaba ahora sí me das bola y en un recodo del living, justo a la altura del aparador, alcanzó a arañarle la espalda pero no lo suficiente como para detenerlo. Toti acusó recibo con un alarido digno de película de terror de sábado a la noche y se trepó a la mesada, así los encontró la madre que llegaba arrastrando una joroba de pena y la cartera, a cual de las dos más pesada.
Las palabras se le atoraron a Cata piano mío Toti de verdad voy a tener uno y el pequeño no dejaba de gritar, asi que como en esas escenas que uno ve a la distancia y cree que no, que las soñó en una noche de fiebre o de cena muy pesada, la madre tomó el piano de entre las garras de Toti, lo depositó en el suelo de la cocina y de un pisotón lo partió a la mitad:
Ahora hay piano para todos
Toti se fue corriendo a prender la tele mientras la madre abría la heladera para ver qué cocinaba. Cata se quedó arrodillada al lado de las maderas rotas, clavándose las astillas bien profundo entre los dedos, hasta verlos sangrar.
maldición
Ayer trataba de distinguir entre las nueces, los maníes y las almendras que venían en el platito que acompañaba al negroni si quedaba alguna castaña de cajú. Y mientras puteaba porque no las encontraba me acordé de dónde provenía el gusto (el de putear y también el de comer y beber).
Mi abuela fue una gran cocinera, de esas de gorro alto y delantal blanco. A decir verdad lo sigue siendo, pero ahora sólo a escala doméstica. Por esos días en que las ollas no tenían menos de 25 litros, las hornallas eran mecheros y los pollos se compraban por cajones, nació mi adicción. Apoyaba el mentón en la mesada de madera justo al lado de la cuchilla de Rosendo, el ayudante primero, ancho y alto como la puerta de la cámara frigorífica y el único varón en los dominios de mi nonna. Él se hacía el que no me veía, pero cada tres huevos de codorniz pelados, uno iba a parar al alcance de mis dedos largos. Cuando se enojaba su insulto era un Cachipeló tirado a la nuca de la que había osado dejar sucias las rejillas.
Detrás de la máquina de picar carne, con el mortero como apéndice de la mano izquierda, estaba la turca Sara. Era petisa y retacona, corta como patada de chancho decía mi abuela, pero insuperable en su habilidad con la masa filo (para el que la busque en el gourmet, los bon vivant la escriben phila). La turca cada vez que se le pasaban de tostado los bocaditos de seso escupía un Yijil, y yo contenta devoraba los demasiado morochos (en la cocina como en algunos barrios, los que se pasan de oscuros no son bien vistos).
Pero mi favorita era María. Alta y flaca, con el pelo renegrido y los ojos de un marrón con destellos de plata, se la pasaba cantando zarzuelas y invitándome a bailar fox trot en la jaula, el depósito al final del final de esa confitería inmensa. María era andaluza, traída dentro de una valija en un barco que naufragó en Brasil, y tenía un ojo a prueba de robos. En la jaula había millones de latas, botellas, manteles, vajilla, en un desorden tal que era imposible creer que con solo entrar María supiera que faltaban dos de atún del bueno y tres de palmitos. En ese momento salía a tranco largo para adelante al grito de A tomar por culo y me dejaba con la lata de castañas, sentadita en una pila de manteles para que las lauchas no me rozaran los pies. Al rato volvía acunando las latas a bailar y cantar como si nada hubiera pasado.
Pero sólo una vez la vi realmente enojada, no recuerdo si fue por la falta de botellas de kirsch o de latas de arenque. Salió al pasillo, la melena embravecida, y como perro de caza se frenó junto a la mesa central, miró directo a los ojos de Rosendo, y le gritó:
Ojalá te enamores!
Un silencio espeso que no llegué a entender en ese momento colmó la cocina. La turca Sara me agarró de la mano y me llevó al patio, yo no solté la lata de castañas. Después de un rato me animé a preguntar
Qué dijo María?
y Sara me contestó
Le echó encima la peor maldición gitana
Mi abuela fue una gran cocinera, de esas de gorro alto y delantal blanco. A decir verdad lo sigue siendo, pero ahora sólo a escala doméstica. Por esos días en que las ollas no tenían menos de 25 litros, las hornallas eran mecheros y los pollos se compraban por cajones, nació mi adicción. Apoyaba el mentón en la mesada de madera justo al lado de la cuchilla de Rosendo, el ayudante primero, ancho y alto como la puerta de la cámara frigorífica y el único varón en los dominios de mi nonna. Él se hacía el que no me veía, pero cada tres huevos de codorniz pelados, uno iba a parar al alcance de mis dedos largos. Cuando se enojaba su insulto era un Cachipeló tirado a la nuca de la que había osado dejar sucias las rejillas.
Detrás de la máquina de picar carne, con el mortero como apéndice de la mano izquierda, estaba la turca Sara. Era petisa y retacona, corta como patada de chancho decía mi abuela, pero insuperable en su habilidad con la masa filo (para el que la busque en el gourmet, los bon vivant la escriben phila). La turca cada vez que se le pasaban de tostado los bocaditos de seso escupía un Yijil, y yo contenta devoraba los demasiado morochos (en la cocina como en algunos barrios, los que se pasan de oscuros no son bien vistos).
Pero mi favorita era María. Alta y flaca, con el pelo renegrido y los ojos de un marrón con destellos de plata, se la pasaba cantando zarzuelas y invitándome a bailar fox trot en la jaula, el depósito al final del final de esa confitería inmensa. María era andaluza, traída dentro de una valija en un barco que naufragó en Brasil, y tenía un ojo a prueba de robos. En la jaula había millones de latas, botellas, manteles, vajilla, en un desorden tal que era imposible creer que con solo entrar María supiera que faltaban dos de atún del bueno y tres de palmitos. En ese momento salía a tranco largo para adelante al grito de A tomar por culo y me dejaba con la lata de castañas, sentadita en una pila de manteles para que las lauchas no me rozaran los pies. Al rato volvía acunando las latas a bailar y cantar como si nada hubiera pasado.
Pero sólo una vez la vi realmente enojada, no recuerdo si fue por la falta de botellas de kirsch o de latas de arenque. Salió al pasillo, la melena embravecida, y como perro de caza se frenó junto a la mesa central, miró directo a los ojos de Rosendo, y le gritó:
Ojalá te enamores!
Un silencio espeso que no llegué a entender en ese momento colmó la cocina. La turca Sara me agarró de la mano y me llevó al patio, yo no solté la lata de castañas. Después de un rato me animé a preguntar
Qué dijo María?
y Sara me contestó
Le echó encima la peor maldición gitana
desvelo
despertar con la boca seca
las ganas atragantadas
bautizando las sombras de la madrugada
las letras, los ruidos, la rima
todo aparece con el tiempo justo
para que la memoria arrecie
y si en el instante fatal
la birome no arranca
el papel no está
los fantasmas ahuyentan recuerdos
queda la ilusión
del poema perfecto
lo que pudo ser
y se llevó el sueño
las ganas atragantadas
bautizando las sombras de la madrugada
las letras, los ruidos, la rima
todo aparece con el tiempo justo
para que la memoria arrecie
y si en el instante fatal
la birome no arranca
el papel no está
los fantasmas ahuyentan recuerdos
queda la ilusión
del poema perfecto
lo que pudo ser
y se llevó el sueño
miércoles, 13 de febrero de 2008
criadas a vitina y baches
las chicas como yo aprendimos
la educación sentimental
de la cubierta recapada
el aguante gauchito
del parche de ocasión
y aunque la historia nos dará
medalla, diploma y beso
solo queremos
al menos una vez
ganar por monopolio
ni sorteo ni licitación
el remolque de los días
que digas si
pago el peaje
allá vamos
las chicas como yo aprendimos
la educación sentimental
de la cubierta recapada
el aguante gauchito
del parche de ocasión
y aunque la historia nos dará
medalla, diploma y beso
solo queremos
al menos una vez
ganar por monopolio
ni sorteo ni licitación
el remolque de los días
que digas si
pago el peaje
allá vamos
viernes, 1 de febrero de 2008
Aldo y Roberto
Llegaron al pueblo al mismo tiempo que las romerías, una mañana polvorienta a comienzos de febrero. Entraron por la calle principal disimulados entre los carros que traían las carpas rojas y amarillas, detrás de las desvencijadas casas rodantes que avanzaban al ritmo de zarzuela por el boulevard reseco.
En la esquina, donde la plaza dejaba sólo dos alternativas, enfilar para el Prado Español junto a los gitanos y su bullanga o para la iglesia donde arrancaba la misa de once; justo ahí quedaron al descubierto en plena vuelta al perro. Uno de saco clarito y pantalón rayado tiro alto, el otro engamado en marrón chocolate con pañuelo blanco al cuello, los dos casi como en desfile del 25 de mayo, la espalda recta y media sonrisa al frente sentados sobre la volanta de la que asomaban raros artefactos repletos de cables y tubos. Aldo y Roberto habían llegado a Lobería.Avanzaron hasta el final del boulevard y frenaron justo al lado de la panadería, ahí donde hasta el mes pasado había funcionado la bicicletería de Don Pedro, el primer muerto del verano (porque los veranos en Lobería se contaban por las bajas. Éste venía flojo, el pasado había sido egipcio, siete plagas, siete cruces nuevas en el cementerio). Aldo y Roberto saludaron a todos los curiosos con sonrisas y cabeceos a diestra y siniestra, y comenzaron a bajar los artefactos uno a uno. Los chicos en ronda miraban el ir y venir y levantaban apuestas ¿es una radio?, ¿un televisor? no, eso parece una bicicleta. No pudieron llegar a una conclusión porque se hicieron las doce y el grito materno anunciando la mesa lista hizo que todos se dispersaran, no sin antes poner cara de puchero y juramentarse volver para descubrir el secreto de los recién arribados.Se hizo por fin la mañana del sábado y la vereda ya tenía lustre de tanta escoba porque la panadera no abandonaba la limpieza con tal de estar primera para cuando la persiana se levantara. Y asi fue, a las 10 el chirrido de la cadena sin aceitar dejó al descubierto la vidriera limpia y su cartel en dorado: Aldo Peinados. De la bicicletería cubierta de polvo no quedaba nada. El piso en damero, las paredes en machimbre hasta la mitad y el resto en celeste cielo, así lo llamaba Aldo intentando impresionar a cada vecina que pasaba por la vereda, chusmeaba, pero no entraba. Ingresando al salón, a la derecha, un sillón de cuerina roja esperaba a las clientas enfrentado a un espejo ovalado debajo del cual, en una repisa de fórmica blanca, descansaban los cepillos, redondos y finitos como limpia tubos, anchos y cuadrados como la alfombra de alambre de la puerta del almacén. A la izquierda, otro sillón mas pequeño, de cuyo respaldo salía un caño cromado que sostenía una especie de casco de metal con varios botones y luces, tapaba a medias la pileta de lavado. Hacia el fondo del local, detrás de un mostrador alto sobre el que se destacaba un cuaderno huemul de tapas celestes, la figura impecable de Roberto, en camisa amarilla y pañuelo turquesa al cuello, daba el toque final a la decoración.Pasó una semana y todo seguía en su lugar, menos la sonrisa de Aldo que no podía creer que no hubiera habido ni una clienta en siete días, ni siquiera el viernes que habían arrancado las romerías y el pueblo entero se emperifollaba para el evento. Roberto no se había movido del mostrador y seguía con su camisa y pañuelo al cuello en composé, aunque la quebradura de la cintura al pararse, el reposar pesado de las manos sobre el cuaderno, los ojos entrecerrados como las celosías de las casas a la hora de la siesta, eran signos evidentes del cansancio y la desilusión que lo embargaban.
Esa tarde bajaron la persiana con ganas de no volver a abrirla, Aldo Peinados resultaba un fracaso y ninguno de los dos podía explicarse el por qué. Caminaron callados, con las manos en los bolsillos, cruzando la plaza en diagonal hasta la puerta de la pensión, pero ahi nomás, tal vez por el rosado violeta del cielo que presagiaba final trágico como el de las fotonovelas, Roberto se frenó en seco y cual Scarlett O´Hara (porque asi se veía el cielo, justo como en el final de Lo que el viento se llevó), gritó: Esto lo soluciono yo.Aldo se quedó con el paquete de tortitas negras para el mate en la puerta de la pensión, viendo como los pies de Roberto encaraban presurosos hacia el final de la calle, justo a contramano de los vecinos que ya iban con las sillas al hombro para el Prado Español, donde esa noche tocaba la orquesta de Caló.
Al llegar a la puerta con cortina de plástico de mil tiras multicolores, Roberto no golpeó, se mandó para el fondo del zaguán oscuro donde el aire espeso dibujaba sombras de otro tiempo. Ahi estaba Nora, los labios empastados en rojo, a contrapunto con las mejillas blancas, flacas, esquivas a los besos. Lo recibió en ropa de fajina, el deshabillé a medio anudar.- No entran porque ustedes son hombres- Nora, me jorobás, ¿hombres?, ¿nosotros?- ¿Dónde te crees que estás?, ¿En la capital?, acá ustedes no seran machos, pero son hombres
- ¿Y qué hacemos?- Te mando a las chicas mañana, la petisa quiere permanente y la polaca a la garçon, prendele una vela a la Madre María para que funcioneRoberto agradeció la sinceridad de Nora, la saludó con un cabeceo y salió sin mirar para las piezas. Ya sabía qué tenía que hacer.Durante la noche ni Aldo ni Roberto pegaron un ojo. Uno porque no dejaba de moquear puteando el día en que se le había ocurrido desarmar la pieza de la calle Esmeralda y aparecer en ese pueblo perdido, el otro porque estaba muy atareado armando las valijas. Amanecieron los dos con las patas en la vereda esperando la volanta que los llevara a la estación. Cuando el guarda atronó con el silbato anunciando la partida, se despidieron con dos palmadas secas en el hombro. Pero Aldo no aguantó, se acercó hasta el estribo donde Roberto ya estaba trepado, le acomodó las solapas del saco azul alcanzando y le dio un beso en la sien justo antes de que el tren arrancara. Roberto no miró atrás.
Aldo continuó abriendo todos los días la peluquería, pero las únicas clientas que aparecían eran las chicas de Nora. Él se esmeraba igual, como si el salón rebosara de señoras reclamando por el brushing y la temperatura del secador.
Pasada la primer semana desde la partida de Roberto, ya no quedaba pelo por domar entre las chicas del quilombo. Las otras dos semanas fueron la muerte. A veces Nora venía por el local y le cebaba unos mates, pero la tierra se acumulaba en el tocador y sobre los cepillos sin estrenar que mantenían el brillo velado, como souvenires de lo que podría haber sido.
Al mes de la partida de Roberto, se acercó a la peluquería el pibe de Barrientos, el de la estafeta postal. Aldo le dio una moneda sin mirarlo, tan concentrado estaba en el sobre blanco con los bordes negros que el pibe le traía. Lo abrió con cuidado, sacó el papel doblado en cuatro, leyó atento y guardó el sobre y la carta en el bolsillo de atrás del pantalón. Garabateó algo en el cuaderno celeste, arrancó prolijamente la hoja, cerró la puerta y bajó la persiana. Cerrado por duelo decía el papel que dejó enganchado en la cortina metálica antes de enfilar para la pensión.Antes de que la noche se hiciera plena entre los plátanos de la calle principal, una comitiva de vecinas encabezada por la panadera, se presentó en la pensión para darle el pésame a Aldo. Pero la que abrió la puerta de la pieza fue Nora, toda de encaje negro, para agradecerles el gesto y anunciarles que la muerta era la madre de crianza de Aldo y que este se encontraba indispuesto por lo que no iba a poder recibirlas.
Pasaron dos días de encierro, un colchón de hojas se acumuló en la vereda de Aldo Peinados y el papel anunciando el cierre por duelo se terminó volando calle abajo. Para cuando las romerías se retiraron del pueblo y el tiempo volvió al paso cansino de todos los días, reapareció Aldo por la estación de trenes. De saco y corbata, los zapatos combinados en marrón y blanco, enceguecía hasta al señalero con el lustre de los gemelos. Llegó justo para el tren de las 10 que venía de Buenos Aires vía Empalme Tandil, trayendo al Turco Dulce repleto de encargues y los diarios en inglés para Brennan el cerrajero. Pero entre las nubes de polvo que levantaban los changarines se recortó una figura chiquita de vestido a la rodilla, manos enguantadas y sombrero sin ala. Aldo quedó duro en el lugar, los brazos tensos. La figura se acercó hasta casi pisarle la punta de los zapatos y ahi sí se perdieron en un abrazo. Ninguno de los curiosos que ya se arremolinaban en el andén llegó a ver el lagrimón huérfano que le quedó colgando de las pestañas a Aldo, pues se secó ligero con el revés de la solapa del saco y anunció a quien lo quisiera escuchar: Llegó mi hermana Lina, y para quedarse.Por la tarde, el cartel dorado de la vidriera de la peluquería cambió a Lina y Aldo Peinados. La primera en animarse a entrar fue la panadera que pidió una permanente bien pegada a la cabeza pero de rulo grande para que fuera fácil de peinar, y asi de repente, una a una empezaron a llegar todas las mujeres del pueblo. Lina era la encargada de lavarles el pelo, colocarles la capa de tela para que la ropa no quedara con rastros de pelusas y luego acomodarlas en el sillón rojo. Después se quedaba detrás del mostrador anotando vaya a saber qué en el cuaderno de tapas celestes mientras Aldo revoleaba las tijeras como poseído. El ritual se repetía todos los días, con intensidad diversa y punto cúlmine los sábados a partir de las tres de la tarde, cuando la peluquería era un hervidero y había que traer sillas prestadas para acomodarlas a todas.
Pero como en todo rito, algo misterioso se desataba todos los días entre el entramado de secadores, cepillos y revistas de moda. Cada tarde, después de cerrar el salón, caminar a la par en diagonal por la plaza, saludar con medias sonrisas a cada vecino, Lina y Aldo cruzaban la puerta de la pieza, Lina se sentaba frente al tocador, Aldo por detrás como hacía con las clientas, y mientras le acariciaba las sienes empolvadas, le quitaba una a una las hebillas invisibles que agarraban el postizo rubio. Porque cada tarde en esa pieza, Lina se convertía en Roberto y cada mañana Roberto se convertía en Lina. Llegaron a creer que las señoras sabían y guardaban el secreto, porque como en todo rito, además de misterio, se necesitan cómplices.
En la esquina, donde la plaza dejaba sólo dos alternativas, enfilar para el Prado Español junto a los gitanos y su bullanga o para la iglesia donde arrancaba la misa de once; justo ahí quedaron al descubierto en plena vuelta al perro. Uno de saco clarito y pantalón rayado tiro alto, el otro engamado en marrón chocolate con pañuelo blanco al cuello, los dos casi como en desfile del 25 de mayo, la espalda recta y media sonrisa al frente sentados sobre la volanta de la que asomaban raros artefactos repletos de cables y tubos. Aldo y Roberto habían llegado a Lobería.Avanzaron hasta el final del boulevard y frenaron justo al lado de la panadería, ahí donde hasta el mes pasado había funcionado la bicicletería de Don Pedro, el primer muerto del verano (porque los veranos en Lobería se contaban por las bajas. Éste venía flojo, el pasado había sido egipcio, siete plagas, siete cruces nuevas en el cementerio). Aldo y Roberto saludaron a todos los curiosos con sonrisas y cabeceos a diestra y siniestra, y comenzaron a bajar los artefactos uno a uno. Los chicos en ronda miraban el ir y venir y levantaban apuestas ¿es una radio?, ¿un televisor? no, eso parece una bicicleta. No pudieron llegar a una conclusión porque se hicieron las doce y el grito materno anunciando la mesa lista hizo que todos se dispersaran, no sin antes poner cara de puchero y juramentarse volver para descubrir el secreto de los recién arribados.Se hizo por fin la mañana del sábado y la vereda ya tenía lustre de tanta escoba porque la panadera no abandonaba la limpieza con tal de estar primera para cuando la persiana se levantara. Y asi fue, a las 10 el chirrido de la cadena sin aceitar dejó al descubierto la vidriera limpia y su cartel en dorado: Aldo Peinados. De la bicicletería cubierta de polvo no quedaba nada. El piso en damero, las paredes en machimbre hasta la mitad y el resto en celeste cielo, así lo llamaba Aldo intentando impresionar a cada vecina que pasaba por la vereda, chusmeaba, pero no entraba. Ingresando al salón, a la derecha, un sillón de cuerina roja esperaba a las clientas enfrentado a un espejo ovalado debajo del cual, en una repisa de fórmica blanca, descansaban los cepillos, redondos y finitos como limpia tubos, anchos y cuadrados como la alfombra de alambre de la puerta del almacén. A la izquierda, otro sillón mas pequeño, de cuyo respaldo salía un caño cromado que sostenía una especie de casco de metal con varios botones y luces, tapaba a medias la pileta de lavado. Hacia el fondo del local, detrás de un mostrador alto sobre el que se destacaba un cuaderno huemul de tapas celestes, la figura impecable de Roberto, en camisa amarilla y pañuelo turquesa al cuello, daba el toque final a la decoración.Pasó una semana y todo seguía en su lugar, menos la sonrisa de Aldo que no podía creer que no hubiera habido ni una clienta en siete días, ni siquiera el viernes que habían arrancado las romerías y el pueblo entero se emperifollaba para el evento. Roberto no se había movido del mostrador y seguía con su camisa y pañuelo al cuello en composé, aunque la quebradura de la cintura al pararse, el reposar pesado de las manos sobre el cuaderno, los ojos entrecerrados como las celosías de las casas a la hora de la siesta, eran signos evidentes del cansancio y la desilusión que lo embargaban.
Esa tarde bajaron la persiana con ganas de no volver a abrirla, Aldo Peinados resultaba un fracaso y ninguno de los dos podía explicarse el por qué. Caminaron callados, con las manos en los bolsillos, cruzando la plaza en diagonal hasta la puerta de la pensión, pero ahi nomás, tal vez por el rosado violeta del cielo que presagiaba final trágico como el de las fotonovelas, Roberto se frenó en seco y cual Scarlett O´Hara (porque asi se veía el cielo, justo como en el final de Lo que el viento se llevó), gritó: Esto lo soluciono yo.Aldo se quedó con el paquete de tortitas negras para el mate en la puerta de la pensión, viendo como los pies de Roberto encaraban presurosos hacia el final de la calle, justo a contramano de los vecinos que ya iban con las sillas al hombro para el Prado Español, donde esa noche tocaba la orquesta de Caló.
Al llegar a la puerta con cortina de plástico de mil tiras multicolores, Roberto no golpeó, se mandó para el fondo del zaguán oscuro donde el aire espeso dibujaba sombras de otro tiempo. Ahi estaba Nora, los labios empastados en rojo, a contrapunto con las mejillas blancas, flacas, esquivas a los besos. Lo recibió en ropa de fajina, el deshabillé a medio anudar.- No entran porque ustedes son hombres- Nora, me jorobás, ¿hombres?, ¿nosotros?- ¿Dónde te crees que estás?, ¿En la capital?, acá ustedes no seran machos, pero son hombres
- ¿Y qué hacemos?- Te mando a las chicas mañana, la petisa quiere permanente y la polaca a la garçon, prendele una vela a la Madre María para que funcioneRoberto agradeció la sinceridad de Nora, la saludó con un cabeceo y salió sin mirar para las piezas. Ya sabía qué tenía que hacer.Durante la noche ni Aldo ni Roberto pegaron un ojo. Uno porque no dejaba de moquear puteando el día en que se le había ocurrido desarmar la pieza de la calle Esmeralda y aparecer en ese pueblo perdido, el otro porque estaba muy atareado armando las valijas. Amanecieron los dos con las patas en la vereda esperando la volanta que los llevara a la estación. Cuando el guarda atronó con el silbato anunciando la partida, se despidieron con dos palmadas secas en el hombro. Pero Aldo no aguantó, se acercó hasta el estribo donde Roberto ya estaba trepado, le acomodó las solapas del saco azul alcanzando y le dio un beso en la sien justo antes de que el tren arrancara. Roberto no miró atrás.
Aldo continuó abriendo todos los días la peluquería, pero las únicas clientas que aparecían eran las chicas de Nora. Él se esmeraba igual, como si el salón rebosara de señoras reclamando por el brushing y la temperatura del secador.
Pasada la primer semana desde la partida de Roberto, ya no quedaba pelo por domar entre las chicas del quilombo. Las otras dos semanas fueron la muerte. A veces Nora venía por el local y le cebaba unos mates, pero la tierra se acumulaba en el tocador y sobre los cepillos sin estrenar que mantenían el brillo velado, como souvenires de lo que podría haber sido.
Al mes de la partida de Roberto, se acercó a la peluquería el pibe de Barrientos, el de la estafeta postal. Aldo le dio una moneda sin mirarlo, tan concentrado estaba en el sobre blanco con los bordes negros que el pibe le traía. Lo abrió con cuidado, sacó el papel doblado en cuatro, leyó atento y guardó el sobre y la carta en el bolsillo de atrás del pantalón. Garabateó algo en el cuaderno celeste, arrancó prolijamente la hoja, cerró la puerta y bajó la persiana. Cerrado por duelo decía el papel que dejó enganchado en la cortina metálica antes de enfilar para la pensión.Antes de que la noche se hiciera plena entre los plátanos de la calle principal, una comitiva de vecinas encabezada por la panadera, se presentó en la pensión para darle el pésame a Aldo. Pero la que abrió la puerta de la pieza fue Nora, toda de encaje negro, para agradecerles el gesto y anunciarles que la muerta era la madre de crianza de Aldo y que este se encontraba indispuesto por lo que no iba a poder recibirlas.
Pasaron dos días de encierro, un colchón de hojas se acumuló en la vereda de Aldo Peinados y el papel anunciando el cierre por duelo se terminó volando calle abajo. Para cuando las romerías se retiraron del pueblo y el tiempo volvió al paso cansino de todos los días, reapareció Aldo por la estación de trenes. De saco y corbata, los zapatos combinados en marrón y blanco, enceguecía hasta al señalero con el lustre de los gemelos. Llegó justo para el tren de las 10 que venía de Buenos Aires vía Empalme Tandil, trayendo al Turco Dulce repleto de encargues y los diarios en inglés para Brennan el cerrajero. Pero entre las nubes de polvo que levantaban los changarines se recortó una figura chiquita de vestido a la rodilla, manos enguantadas y sombrero sin ala. Aldo quedó duro en el lugar, los brazos tensos. La figura se acercó hasta casi pisarle la punta de los zapatos y ahi sí se perdieron en un abrazo. Ninguno de los curiosos que ya se arremolinaban en el andén llegó a ver el lagrimón huérfano que le quedó colgando de las pestañas a Aldo, pues se secó ligero con el revés de la solapa del saco y anunció a quien lo quisiera escuchar: Llegó mi hermana Lina, y para quedarse.Por la tarde, el cartel dorado de la vidriera de la peluquería cambió a Lina y Aldo Peinados. La primera en animarse a entrar fue la panadera que pidió una permanente bien pegada a la cabeza pero de rulo grande para que fuera fácil de peinar, y asi de repente, una a una empezaron a llegar todas las mujeres del pueblo. Lina era la encargada de lavarles el pelo, colocarles la capa de tela para que la ropa no quedara con rastros de pelusas y luego acomodarlas en el sillón rojo. Después se quedaba detrás del mostrador anotando vaya a saber qué en el cuaderno de tapas celestes mientras Aldo revoleaba las tijeras como poseído. El ritual se repetía todos los días, con intensidad diversa y punto cúlmine los sábados a partir de las tres de la tarde, cuando la peluquería era un hervidero y había que traer sillas prestadas para acomodarlas a todas.
Pero como en todo rito, algo misterioso se desataba todos los días entre el entramado de secadores, cepillos y revistas de moda. Cada tarde, después de cerrar el salón, caminar a la par en diagonal por la plaza, saludar con medias sonrisas a cada vecino, Lina y Aldo cruzaban la puerta de la pieza, Lina se sentaba frente al tocador, Aldo por detrás como hacía con las clientas, y mientras le acariciaba las sienes empolvadas, le quitaba una a una las hebillas invisibles que agarraban el postizo rubio. Porque cada tarde en esa pieza, Lina se convertía en Roberto y cada mañana Roberto se convertía en Lina. Llegaron a creer que las señoras sabían y guardaban el secreto, porque como en todo rito, además de misterio, se necesitan cómplices.
martes, 22 de enero de 2008
el mosco, el barro y todo lo demás también
ávido muerto de hambre
se acerca me mide
da vueltas se queja
hace ruido y espera
porque sabe
que siempre
va a llegar
la tarde o la noche
de las rendiciones
*
es siempre igual
cuando está a punto
huye
presa del pánico
de morir envenenado
es igual
el punto de partida
la huida
*
en el día solo el canto de los pajaritos fisura
la noche contrapunto de sapos y grillos bembé
si hasta escucho como respira el perro güero
custodio del sueño
es una herejía si enciendo el orgasmaizer
el zumbido doble aa
en la noche solitaria del barro norte
barro de lancha sin bondi ni pasti
barro en exilio propietario
se acerca me mide
da vueltas se queja
hace ruido y espera
porque sabe
que siempre
va a llegar
la tarde o la noche
de las rendiciones
*
es siempre igual
cuando está a punto
huye
presa del pánico
de morir envenenado
es igual
el punto de partida
la huida
*
en el día solo el canto de los pajaritos fisura
la noche contrapunto de sapos y grillos bembé
si hasta escucho como respira el perro güero
custodio del sueño
es una herejía si enciendo el orgasmaizer
el zumbido doble aa
en la noche solitaria del barro norte
barro de lancha sin bondi ni pasti
barro en exilio propietario
y nevó nomás
el chico de vez en vez
perdió la filcar en warnes
le vendieron una agenda
y no sabe bien qué
(la puta dicotomía del to be)
besos de parquímetro
las sábanas colgadas
en estacionamiento medido
y yo
que perdí el pronóstico hace rato
te digo
anoche nevó en buenos aires, nene
un insomnio de tristeza mal domada
eso si
somos encantadores hasta en la derrota
ufa. cambio y fuera.
perdió la filcar en warnes
le vendieron una agenda
y no sabe bien qué
(la puta dicotomía del to be)
besos de parquímetro
las sábanas colgadas
en estacionamiento medido
y yo
que perdí el pronóstico hace rato
te digo
anoche nevó en buenos aires, nene
un insomnio de tristeza mal domada
eso si
somos encantadores hasta en la derrota
ufa. cambio y fuera.
julita
patas de tero
juega carreras
con las moscas
que la dejan ganar
princesa del totoral
su corte son
tres cuzcos
un pato rengo
dos mosquitos güeros
los ojos de barro
se le estrujan
si me ve
espiral en mano
a la caza del moscardón
pues hay
tres leyes
en su reino
no cruces el camino pereyra
los jejenes son los malos
los moscos son los buenos
le acuno la risa
hasta que se duerme
entre zumbidos
juega carreras
con las moscas
que la dejan ganar
princesa del totoral
su corte son
tres cuzcos
un pato rengo
dos mosquitos güeros
los ojos de barro
se le estrujan
si me ve
espiral en mano
a la caza del moscardón
pues hay
tres leyes
en su reino
no cruces el camino pereyra
los jejenes son los malos
los moscos son los buenos
le acuno la risa
hasta que se duerme
entre zumbidos
simulacro
Un chico
de los de vez en vez
me dice
a todos los telos de capital no llego
pero uno por barrio prometo que si
y salimos
la filcar en mano
requisa cartográfica
del orgasmón mental
muy amantes del objetivo de mínima
Lo veo reírse
perdido en warnes
y pienso
hasta los simulacros merecen
ritos y promesas
de los de vez en vez
me dice
a todos los telos de capital no llego
pero uno por barrio prometo que si
y salimos
la filcar en mano
requisa cartográfica
del orgasmón mental
muy amantes del objetivo de mínima
Lo veo reírse
perdido en warnes
y pienso
hasta los simulacros merecen
ritos y promesas
La hondonada
La noche en la hondonada
es amarilla
de focos cada dos cuadras
con alambre atrapa sueños
las únicas luces ciertas
en la circunvalación
marcan el límite
la brecha
el cemento que resiste al polvo
las luces blancas que indican
más allá si,
la promesa
es amarilla
de focos cada dos cuadras
con alambre atrapa sueños
las únicas luces ciertas
en la circunvalación
marcan el límite
la brecha
el cemento que resiste al polvo
las luces blancas que indican
más allá si,
la promesa
viernes, 16 de noviembre de 2007
Interiores
el golpe de polvo al bajar el primer escalón
la hondonada al centro
una sequedad a prueba de agua y consuelos
rectas las veredas, las casas, los perfiles
sólo en el tronco seco y retorcido de la parra
dominatriz de los fondos interiores
se entiende el interior atormentado
las ganas de agarrar la curva cerrada a 200
y sin airbag
ya lo dijo La Poeta
imposible vivir ahi sin sustancias
la hondonada al centro
una sequedad a prueba de agua y consuelos
rectas las veredas, las casas, los perfiles
sólo en el tronco seco y retorcido de la parra
dominatriz de los fondos interiores
se entiende el interior atormentado
las ganas de agarrar la curva cerrada a 200
y sin airbag
ya lo dijo La Poeta
imposible vivir ahi sin sustancias
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