miércoles, 13 de febrero de 2008

criadas a vitina y baches
las chicas como yo aprendimos
la educación sentimental
de la cubierta recapada
el aguante gauchito
del parche de ocasión
y aunque la historia nos dará
medalla, diploma y beso
solo queremos
al menos una vez
ganar por monopolio
ni sorteo ni licitación
el remolque de los días
que digas si
pago el peaje
allá vamos

viernes, 1 de febrero de 2008

Aldo y Roberto

Llegaron al pueblo al mismo tiempo que las romerías, una mañana polvorienta a comienzos de febrero. Entraron por la calle principal disimulados entre los carros que traían las carpas rojas y amarillas, detrás de las desvencijadas casas rodantes que avanzaban al ritmo de zarzuela por el boulevard reseco.
En la esquina, donde la plaza dejaba sólo dos alternativas, enfilar para el Prado Español junto a los gitanos y su bullanga o para la iglesia donde arrancaba la misa de once; justo ahí quedaron al descubierto en plena vuelta al perro. Uno de saco clarito y pantalón rayado tiro alto, el otro engamado en marrón chocolate con pañuelo blanco al cuello, los dos casi como en desfile del 25 de mayo, la espalda recta y media sonrisa al frente sentados sobre la volanta de la que asomaban raros artefactos repletos de cables y tubos. Aldo y Roberto habían llegado a Lobería.Avanzaron hasta el final del boulevard y frenaron justo al lado de la panadería, ahí donde hasta el mes pasado había funcionado la bicicletería de Don Pedro, el primer muerto del verano (porque los veranos en Lobería se contaban por las bajas. Éste venía flojo, el pasado había sido egipcio, siete plagas, siete cruces nuevas en el cementerio). Aldo y Roberto saludaron a todos los curiosos con sonrisas y cabeceos a diestra y siniestra, y comenzaron a bajar los artefactos uno a uno. Los chicos en ronda miraban el ir y venir y levantaban apuestas ¿es una radio?, ¿un televisor? no, eso parece una bicicleta. No pudieron llegar a una conclusión porque se hicieron las doce y el grito materno anunciando la mesa lista hizo que todos se dispersaran, no sin antes poner cara de puchero y juramentarse volver para descubrir el secreto de los recién arribados.Se hizo por fin la mañana del sábado y la vereda ya tenía lustre de tanta escoba porque la panadera no abandonaba la limpieza con tal de estar primera para cuando la persiana se levantara. Y asi fue, a las 10 el chirrido de la cadena sin aceitar dejó al descubierto la vidriera limpia y su cartel en dorado: Aldo Peinados. De la bicicletería cubierta de polvo no quedaba nada. El piso en damero, las paredes en machimbre hasta la mitad y el resto en celeste cielo, así lo llamaba Aldo intentando impresionar a cada vecina que pasaba por la vereda, chusmeaba, pero no entraba. Ingresando al salón, a la derecha, un sillón de cuerina roja esperaba a las clientas enfrentado a un espejo ovalado debajo del cual, en una repisa de fórmica blanca, descansaban los cepillos, redondos y finitos como limpia tubos, anchos y cuadrados como la alfombra de alambre de la puerta del almacén. A la izquierda, otro sillón mas pequeño, de cuyo respaldo salía un caño cromado que sostenía una especie de casco de metal con varios botones y luces, tapaba a medias la pileta de lavado. Hacia el fondo del local, detrás de un mostrador alto sobre el que se destacaba un cuaderno huemul de tapas celestes, la figura impecable de Roberto, en camisa amarilla y pañuelo turquesa al cuello, daba el toque final a la decoración.Pasó una semana y todo seguía en su lugar, menos la sonrisa de Aldo que no podía creer que no hubiera habido ni una clienta en siete días, ni siquiera el viernes que habían arrancado las romerías y el pueblo entero se emperifollaba para el evento. Roberto no se había movido del mostrador y seguía con su camisa y pañuelo al cuello en composé, aunque la quebradura de la cintura al pararse, el reposar pesado de las manos sobre el cuaderno, los ojos entrecerrados como las celosías de las casas a la hora de la siesta, eran signos evidentes del cansancio y la desilusión que lo embargaban.
Esa tarde bajaron la persiana con ganas de no volver a abrirla, Aldo Peinados resultaba un fracaso y ninguno de los dos podía explicarse el por qué. Caminaron callados, con las manos en los bolsillos, cruzando la plaza en diagonal hasta la puerta de la pensión, pero ahi nomás, tal vez por el rosado violeta del cielo que presagiaba final trágico como el de las fotonovelas, Roberto se frenó en seco y cual Scarlett O´Hara (porque asi se veía el cielo, justo como en el final de Lo que el viento se llevó), gritó: Esto lo soluciono yo.Aldo se quedó con el paquete de tortitas negras para el mate en la puerta de la pensión, viendo como los pies de Roberto encaraban presurosos hacia el final de la calle, justo a contramano de los vecinos que ya iban con las sillas al hombro para el Prado Español, donde esa noche tocaba la orquesta de Caló.
Al llegar a la puerta con cortina de plástico de mil tiras multicolores, Roberto no golpeó, se mandó para el fondo del zaguán oscuro donde el aire espeso dibujaba sombras de otro tiempo. Ahi estaba Nora, los labios empastados en rojo, a contrapunto con las mejillas blancas, flacas, esquivas a los besos. Lo recibió en ropa de fajina, el deshabillé a medio anudar.- No entran porque ustedes son hombres- Nora, me jorobás, ¿hombres?, ¿nosotros?- ¿Dónde te crees que estás?, ¿En la capital?, acá ustedes no seran machos, pero son hombres
- ¿Y qué hacemos?- Te mando a las chicas mañana, la petisa quiere permanente y la polaca a la garçon, prendele una vela a la Madre María para que funcioneRoberto agradeció la sinceridad de Nora, la saludó con un cabeceo y salió sin mirar para las piezas. Ya sabía qué tenía que hacer.Durante la noche ni Aldo ni Roberto pegaron un ojo. Uno porque no dejaba de moquear puteando el día en que se le había ocurrido desarmar la pieza de la calle Esmeralda y aparecer en ese pueblo perdido, el otro porque estaba muy atareado armando las valijas. Amanecieron los dos con las patas en la vereda esperando la volanta que los llevara a la estación. Cuando el guarda atronó con el silbato anunciando la partida, se despidieron con dos palmadas secas en el hombro. Pero Aldo no aguantó, se acercó hasta el estribo donde Roberto ya estaba trepado, le acomodó las solapas del saco azul alcanzando y le dio un beso en la sien justo antes de que el tren arrancara. Roberto no miró atrás.

Aldo continuó abriendo todos los días la peluquería, pero las únicas clientas que aparecían eran las chicas de Nora. Él se esmeraba igual, como si el salón rebosara de señoras reclamando por el brushing y la temperatura del secador.
Pasada la primer semana desde la partida de Roberto, ya no quedaba pelo por domar entre las chicas del quilombo. Las otras dos semanas fueron la muerte. A veces Nora venía por el local y le cebaba unos mates, pero la tierra se acumulaba en el tocador y sobre los cepillos sin estrenar que mantenían el brillo velado, como souvenires de lo que podría haber sido.

Al mes de la partida de Roberto, se acercó a la peluquería el pibe de Barrientos, el de la estafeta postal. Aldo le dio una moneda sin mirarlo, tan concentrado estaba en el sobre blanco con los bordes negros que el pibe le traía. Lo abrió con cuidado, sacó el papel doblado en cuatro, leyó atento y guardó el sobre y la carta en el bolsillo de atrás del pantalón. Garabateó algo en el cuaderno celeste, arrancó prolijamente la hoja, cerró la puerta y bajó la persiana. Cerrado por duelo decía el papel que dejó enganchado en la cortina metálica antes de enfilar para la pensión.Antes de que la noche se hiciera plena entre los plátanos de la calle principal, una comitiva de vecinas encabezada por la panadera, se presentó en la pensión para darle el pésame a Aldo. Pero la que abrió la puerta de la pieza fue Nora, toda de encaje negro, para agradecerles el gesto y anunciarles que la muerta era la madre de crianza de Aldo y que este se encontraba indispuesto por lo que no iba a poder recibirlas.

Pasaron dos días de encierro, un colchón de hojas se acumuló en la vereda de Aldo Peinados y el papel anunciando el cierre por duelo se terminó volando calle abajo. Para cuando las romerías se retiraron del pueblo y el tiempo volvió al paso cansino de todos los días, reapareció Aldo por la estación de trenes. De saco y corbata, los zapatos combinados en marrón y blanco, enceguecía hasta al señalero con el lustre de los gemelos. Llegó justo para el tren de las 10 que venía de Buenos Aires vía Empalme Tandil, trayendo al Turco Dulce repleto de encargues y los diarios en inglés para Brennan el cerrajero. Pero entre las nubes de polvo que levantaban los changarines se recortó una figura chiquita de vestido a la rodilla, manos enguantadas y sombrero sin ala. Aldo quedó duro en el lugar, los brazos tensos. La figura se acercó hasta casi pisarle la punta de los zapatos y ahi sí se perdieron en un abrazo. Ninguno de los curiosos que ya se arremolinaban en el andén llegó a ver el lagrimón huérfano que le quedó colgando de las pestañas a Aldo, pues se secó ligero con el revés de la solapa del saco y anunció a quien lo quisiera escuchar: Llegó mi hermana Lina, y para quedarse.Por la tarde, el cartel dorado de la vidriera de la peluquería cambió a Lina y Aldo Peinados. La primera en animarse a entrar fue la panadera que pidió una permanente bien pegada a la cabeza pero de rulo grande para que fuera fácil de peinar, y asi de repente, una a una empezaron a llegar todas las mujeres del pueblo. Lina era la encargada de lavarles el pelo, colocarles la capa de tela para que la ropa no quedara con rastros de pelusas y luego acomodarlas en el sillón rojo. Después se quedaba detrás del mostrador anotando vaya a saber qué en el cuaderno de tapas celestes mientras Aldo revoleaba las tijeras como poseído. El ritual se repetía todos los días, con intensidad diversa y punto cúlmine los sábados a partir de las tres de la tarde, cuando la peluquería era un hervidero y había que traer sillas prestadas para acomodarlas a todas.

Pero como en todo rito, algo misterioso se desataba todos los días entre el entramado de secadores, cepillos y revistas de moda. Cada tarde, después de cerrar el salón, caminar a la par en diagonal por la plaza, saludar con medias sonrisas a cada vecino, Lina y Aldo cruzaban la puerta de la pieza, Lina se sentaba frente al tocador, Aldo por detrás como hacía con las clientas, y mientras le acariciaba las sienes empolvadas, le quitaba una a una las hebillas invisibles que agarraban el postizo rubio. Porque cada tarde en esa pieza, Lina se convertía en Roberto y cada mañana Roberto se convertía en Lina. Llegaron a creer que las señoras sabían y guardaban el secreto, porque como en todo rito, además de misterio, se necesitan cómplices.

martes, 22 de enero de 2008

el mosco, el barro y todo lo demás también

ávido muerto de hambre
se acerca me mide
da vueltas se queja
hace ruido y espera
porque sabe
que siempre
va a llegar
la tarde o la noche
de las rendiciones
*
es siempre igual
cuando está a punto
huye
presa del pánico
de morir envenenado
es igual
el punto de partida
la huida
*
en el día solo el canto de los pajaritos fisura
la noche contrapunto de sapos y grillos bembé
si hasta escucho como respira el perro güero
custodio del sueño
es una herejía si enciendo el orgasmaizer
el zumbido doble aa
en la noche solitaria del barro norte
barro de lancha sin bondi ni pasti
barro en exilio propietario

y nevó nomás

el chico de vez en vez
perdió la filcar en warnes
le vendieron una agenda
y no sabe bien qué
(la puta dicotomía del to be)
besos de parquímetro
las sábanas colgadas
en estacionamiento medido
y yo
que perdí el pronóstico hace rato
te digo
anoche nevó en buenos aires, nene
un insomnio de tristeza mal domada
eso si
somos encantadores hasta en la derrota
ufa. cambio y fuera.

julita

patas de tero
juega carreras
con las moscas
que la dejan ganar
princesa del totoral
su corte son
tres cuzcos
un pato rengo
dos mosquitos güeros
los ojos de barro
se le estrujan
si me ve
espiral en mano
a la caza del moscardón
pues hay
tres leyes
en su reino

no cruces el camino pereyra
los jejenes son los malos
los moscos son los buenos

le acuno la risa
hasta que se duerme
entre zumbidos

simulacro

Un chico
de los de vez en vez
me dice
a todos los telos de capital no llego
pero uno por barrio prometo que si
y salimos
la filcar en mano
requisa cartográfica
del orgasmón mental
muy amantes del objetivo de mínima
Lo veo reírse
perdido en warnes
y pienso
hasta los simulacros merecen
ritos y promesas

La hondonada

La noche en la hondonada
es amarilla
de focos cada dos cuadras
con alambre atrapa sueños
las únicas luces ciertas
en la circunvalación
marcan el límite
la brecha
el cemento que resiste al polvo
las luces blancas que indican
más allá si,
la promesa
Si en domingo
me levanto en patas
y después del mastico
mastico y mastico
la muzza fría
el queso estalactita
la aceituna sub 80
bajo el parlante al piso
lo pongo en 27
me tiro espalda al parqué
el punteo
de la luna rosa
retumbando en el espinazo
si es en domingo
es porque te extraño
mientras mastico y mastico

viernes, 16 de noviembre de 2007

Interiores

el golpe de polvo al bajar el primer escalón
la hondonada al centro
una sequedad a prueba de agua y consuelos

rectas las veredas, las casas, los perfiles
sólo en el tronco seco y retorcido de la parra
dominatriz de los fondos interiores
se entiende el interior atormentado
las ganas de agarrar la curva cerrada a 200
y sin airbag

ya lo dijo La Poeta
imposible vivir ahi sin sustancias

(......)

El tren antidisturbio
marcha nube gorda
atranca la vista
justo ahi donde
me dijiste que no
tres veces tres
la espalda cruz al sur
el pasto sintético come
el hígado la sombra
y el revés
tapones de punta

siempre fui buena eligiendo
venenos y verdugos

Apuro

Las uñas en francesita, por favor, ni muy cortas ni muy largas

Mientras la piba que hace manos acompasa el movimiento de la lima al ritmo de Vuelveeeeeeee quemefaltaelaireeee situnoestáaaaaaaaas, ella se mira de reojo en el espejo de la peluquería. Brushing perfecto, el bronceado justo. Está impecable.
Justo a tiempo piensa mientras mira el reloj que él le regaló para el primer mesario.

Cualquiera que la viera diría que no le gusta esperar.

El sacudir constante del pie, la percusión de los dedos sobre la cartera, la billetera abierta en la mano cuando todavía tiene dos personas delante. La cajera entrega el ticket y por cortesía aprendida en la capacitación de la franquicia le pregunta ¿Estuvo todo bien?, y ella ni contesta porque ya está a mitad de cuadra taconeando con los stilettos.

Sin embargo, ese apuro es pura espera.

Desde el lunes espera para que le confirme si desayunan juntos el jueves, si en año nuevo se podrán cruzar en la fiesta del estudio antes de las 12, si en marzo cuando él vuelva de las vacaciones en familia se van a poder ir un fin de semana a mar de las pampas.

Llega al bar de los martes, mira el reloj justo a tiempo, se sienta en la mesa de siempre y pide una lágrima.

Saca el celular de la cartera, no sea cosa que no lo escuche y asi comienza el ritual.
Llamada de tambores con los dedos mientras repasa la Caras de la semana donde el galán de turno admite que la puso tres veces y lo embarazaron. Después los ojos pasean por la Cosmopolitan Sabé si te dice la verdad y para qué seguir leyendo si ella podría escribir el manual de la segunda perfecta.

Mira y lee pero siempre en diagonal, para terminar los ojos clavados en la pantalla muda del teléfono. Porque hay que esperar que llame, nunca llamar, anotá.

El pie entra a contrapunto con los dedos que ya no solo juegan al malambo sobre la mesa sino que arrugan las esquinas de la Gente donde la Dupláa dice que no es la más linda pero sí la más suertuda.

La moza de pollera negra esperanza y zapatos de enfermera se acerca

¿Puedo retirar?
Retire todo, no espero más

Félix

Mamá Mirta se la pasaba murmurando goy puta mitad en idish, mitad en matancero cada vez que Félix llegaba con la valija vacía y el saco pidiendo un nuevo pitucon.
Mamá Mirta era mamá, pero le deciamos Mamá Mirta para diferenciarla de Mamá Olga, la mamá de mamá, que nos cuidaba cada vez que los murmullos se volvían gritos, porque cuando en casa se gritaba, se gritaba en serio.

Félix era papá, pero nunca le dijimos papá. Era viajante y estaba tan poco en casa, y cuando estaba lo veíamos tan poco, que nos acostumbramos a decirle como le decían todos los que venían a buscarlo a la casa de Ramos. El almacenero golpeaba las manos ¿Está Félix?, el señor del bar frente a la plaza ¿Está Félix?, el viejo de la esquina que vendía ballenitas y billetes de lotería ¿Tá Félix?. Tanto buscarlo, y tanto no encontrarlo, terminó siendo Felix a secas.

Un mediodía que veníamos con mi hermano Roberto pateando bolitas de paraíso después de la escuela, encontramos a Félix a mitad de camino, transpirando con un bulto blanco peludo debajo del brazo.
Nos moríamos de curiosidad por preguntarle qué era eso que llevaba quietito debajo del sobaco, pero no lo hicimos. Seguimos camino los tres y el bulto blanco peludo juntos, pero con Roberto dejamos de patear bolitas para apurar el paso.

Ni bien entramos en la cocina, Félix llamó a Mamá Mirta y con un mirá que les traje a los pibes gringa, depositó el bulto peludo blanco sobre el piso

Y ahi le vimos los ojos rojos, y las orejas largas. El bulto peludo blanco era un conejo. Mamá Mirta lo miró como miraba al verdulero cuando le metía dos papas con brotes en el kilo, pero no dijo nada.

Félix nos preguntó ¿cómo le quieren poner?.

Roberto miro directo a los ojos rojos, me miró y dijo: Félix

Mamá Mirta se acercó, la mano tensa lista para el cachetazo de revés, pero Félix la frenó despacio y le dijo: dejálos.

Asi esa tarde se fue Félix de nuevo de gira con la valija llena y pitucon zurcido y llegó el otro Félix a casa.

El Félix peludo no hacía mas que comer, cagar y tirar las orejas para atrás, se parecía bastante al Félix primero. Pero a Roberto y a mi la rutina nos entretenía. Llegábamos de la escuela, pasábamos directo al fondo, y ahi entre el alambre tejido robado al campito vecino, mirábamos a Félix comer, cagar y tirar las orejas para atrás.

Lo de comer y cagar, mas o menos lo teniamos claro. Lo que entra sale decía Mamá Olga y asi era también con Félix. Pero lo de tirar las orejas para atrás nos tenía intrigadísimos. Sólo habíamos escuchado decir a Mamá Mirta cuando pone las orejas asi, no lo toquen.

Una tarde de siesta en esas que no podíamos escapar a la calle porque el viento soplaba por los cuatro costados, los pelos se enredaban y la pelota giraba en el lugar, estábamos encerrados jugando a leer las manchas de humedad del techo cuando sonó el telefono.

Vimos a Mamá Mirta pasar rápida de la pieza al comedor, y después solo escuchamos los gritos en idishe félix te mato goy ppputa escupidos al tubo

Entonces Roberto me tiró del brazo y salimos por la puerta de la cocina derecho al fondo. Y ahi estaba el otro Félix, los ojos entrecerrados, las orejas para atrás.

Roberto lo miró, me miró, y acercó la mano al alambre. No pude ver nada mas, el viento soplaba fuerte y los rulos me tapaban la cara, pero el grito lo oíNo era Mamá Mirta, mitad en idishe, mitad en matancero, era Roberto.

Roberto gritaba y yo veia todo rojo, los ojos rojos de Félix y la mano roja de sangre de Roberto.

Corrimos adentro, Mamá Mirta que seguía llorando y gritando al lado del teléfono colgado, nos vio primero a los dos, después vio la mano de Roberto, la sangre manchando el piso y nos pasó de largo como si fueramos transparentes, derecho a la cocina.

La seguimos y el camino de ida y vuelta se marcaba con la sangre de Roberto que habia dejado de gritar y solo lloraba. Mamá Mirta no estaba en la cocina pero la puerta de mosquitero se azotaba por el viento.

Corrimos al fondo, el pasto verde contra la sangre roja y Mamá Mirta, cuchilla en mano, de un solo tajo degollando a Félix.

La noche de esa tarde sangrienta nos comimos a Félix en guiso,
del otro Félix no supimos nada más.

Esperando el aguacero - II

Primero llegaba la langosta con su nube negra y aceitosa. Los repasadores olvidados en la soga, la escoba al costado de la bomba de agua, el diario en el banco de la plaza, todo era devorado en cuestión de segundos.
El crujir tic tic tic de las maderas resistiendo el embate de los bichos golosos enloquecía a las mujeres solteras. Asi contaba Doña Alicia que había nacido Nicanor, su único hijo. Allá por sus dieciseis, durante el paso de la manga, terminó entre los maizales con un papero. La cosecha se arruinó, el papero se fue a la vendimia y al poco tiempo llegó Nicanor, pelo grasoso, pocas luces y un hambre voraz. De ahi que al pobre los paisanos le dijeran "el hijo de la langosta" cuando pasaba por la vereda del boliche derecho al almacén.
Pero ni bien las doñas salían con el balde y la pala a juntar las migas del festin, el piso comenzaba a moverse.
Y no eran mareos ni temblores de bajotierra, eran miles y miles de sapos que salían vaya a saber uno de dónde a cubrir cada centímetro disponible. Si ni las paredes se salvaban, los sapos trepaban como sombras las casas de ladrillo a la vista, las cubiertas por cal y hasta las que sólo tenían paja y adobe.
Para los chicos del pueblo la llegada de los sapos era una fiesta. No paraban de patinar sobre los lomos lustrosos, y Don Aníbal el portero aseguraba a quien quisiera oirlo “estos son sapos extranjeros, mirelós, bien alimentados”...

Esperando el aguacero - I

Ya no cabía un alfiler en el terraplén de la estación Voluntad. Estaba el almacenero, el carnicero, el cura y sus dos monaguillos, las chicas de la casa de citas al final de la calle, la maestra, la directora de la cooperadora de la escuela, los chicos con los guardapolvos grises por el polvo, los peones del campo lindero, y del otro, y del de más allá, detrás de la lomada grande.
Estaban todos esperando, abanicándose el calor y las ganas de buenas noticias, espantando las moscas y el malhumor.
A pesar de la muchedumbre congregada, las puertas de la estación permanecían cerradas. Cualquiera que pasara en el tren de las 12, cuando el campo está más plano y mas chato y hasta la lomada se hace pantano por ese sol en picada, diría que sólo eran 50 personas asoleándose al borde de los rieles.
Pero para Voluntad, esa era una auténtica muchedumbre, una congregación sin precedentes. Parecía historia vieja cuando el Turco Dulce, cada vez que venía con su carga de pienes de carey, tafeta y alguna que otra pieza de muselina, le repetía a las señoras “qué voluntad tienen ustedes de vivir acá”, y las señoras sonreían de costado con resignación ante el chiste.Es que a Voluntad, hasta hacía unos meses, le decían el pueblo de las mil plagas. El Turco Dulce viajaba por toda la provincia con su carga de brillos baratos, de sueños a medida, y había visto mucho, pero nada como aquella desolación de cuatro manzanas y dos calles en cruz, donde como cristos las cincuenta vidas veían pasar los días mientras las plagas se sucedían...

miércoles, 3 de octubre de 2007

Súper

Frente a la góndola de perfumería mira 500 centímetros cúbicos a ocho con setenta
mejor llevo dos de 250 que me sale siete

desodorante, son sólo 25 tickets de 2 pesos cada uno y todavía le falta azúcar y fideos
compra los tricolor, enruladitos, hace calor y los prepara en ensalada y ya que está parece que comen verduras también

el desodorante, se fija el axe que él usa y si le suma el fa de ella no llega, mejor agarra el veritas familiar, el celeste que el rosa es asqueroso tiene olor a talco y telo se acuerda y se ríe

el pelo larguísimo y duro, necesitaría una buena crema de enjuague pero mejor le llevo dos botellas de rosado uvita de plata para el domingo

camina 20 cuadras porque esas 20 cuadras hasta el coto de abasto hacen que los 25 tickets de 2 pesos cada uno alcancen para mas o menos todo el mes

las bolsas le cortan los dedos, los dedos largos y blancos que la vecina inglesa acariciaba fingers de pianista diar mientras le servía otro té con scones, ahora morcillas que no rankean ni en asado de croto, morcillas violetas pero flacas, tristes, morcillas de vaca anoréxica

20 cuadras y traba la puerta del palier con el culo mientras baja las bolsas de a una y como todos los meses piensa la próxima guardo seis pesos y tomo un tacho

sube los dos pisos por escalera, si parezco el ekeko pero flaco y ni siquiera un pucho para pedir deseos

entra derecho al baño pero llega a ver la rodilla huesuda y brillante que asoma de la sábana.

Estuve todo el día mirando discovery, pude engancharme del de arriba, que comemos hoy?

ya ni le contesta, llora mientras acomoda el veritas familiar al fondo del botiquín.

finde

sábado a la noche
picada con chizitos
ravioles conurbanos
tele encendida en avisos de telecentro
manos que curan gatita completa amarres

domingo a la tarde matera y puerto de frutos
compran canastos para la ropa sucia
flores secas, más canastos, para las ganas
no hay canasto que alcance acá

lunes escritorio café de máquina ratonera
traje azul macowens en carpa
la tira del corpiño de la del sexto
te alcanza para un foca empantanada con la tele encendida
rapidez y calidad doblego mente y corazón 30 años me avalan

no hay caso, el vómito viene después del ahogo

la final

7 de la mañana. Todavía no sonó el despertador pero ya estoy arriba, cara lavada y dientes también.
Me asomé a la pieza y papá ronca, mamá ni se ve detrás de la panza, pero está ahi seguro.
Ya calcé las canilleras, me subí bien las medias y estoy calentando el café con leche. Me puse en el pelo un gel del tío que encontré en el botiquin, tiene olor a menta , me gusta. Pero no pierdo el tiempo, trote y pique corto de la heladera a la mesada, para calentar.
No es que me desperté temprano, no pude dormir. Hoy es la final contra villa dálmine, y el corazón se me sale por las orejas, hoy ganamos.
Y no necesito meter ni un gol, voy en la punta de la tabla de goleadores.
Pero uno tengo que hacer, quiero que me den el trofeo dorado ese que tiene andres arriba de la repisa.
“Felicitaciones Campeones Categoría 98” asi dice el cartel, lo tienen guardado en el buffet del club para cuando lleguemos.
Pase corto al flaco, pico tranqui que está juan atrás, no puede fallar.
Qué nervios, me duele la panza. Mejor no tomo nada, me como una tita.
Qué lindo quiero una foto con el trofeo grande en la mano para llevar al cole. Uh cierto que en el cole no pueden saber, pero la puedo colgar en la pieza.
Uy me duele mucho la panza, mejor no corro más. Voy al comedor, hago ruido con el clarin que ya llegó, voy hasta la puerta de la pieza pero nada, siguen durmiendo.
Son las 7.20, me duele mucho, mejor voy al baño.
Qué nervios, pero todo va a salir bien, tengo el rosario de la abuela bien metido en la camiseta y
la estampita de san benito en el botinero

MAMAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

El grito levanta al barrio entero. La madre salta de la cama, choca con la panza del padre que todavía atontado intenta calzarse las pantuflas, y corre al baño.
Y ahi la ve, sentada al inodoro, con los botines puestos, el pelo engominado, la bombacha manchada de sangre.

maridaje

¿Qué vino me recomendás para acompañar unas milanesas?

El pibe de la rotisería la miró como si estuviera ante Pichot cantando con Los Palmeras.
Hace 6 meses que debe pensar comida para dos y el repertorio de Marta, la señora que le arreglaba la vida a su madre y que heredó junto al juego de copas flauta, no incluye maridajes.
¿6 meses? Si parece que se conocen de toda la vida. Durante el desayuno del domingo a la mañana, siempre y cuando esté nublado porque domingo de sol se amanece ya rumbo al country, él levanta las cejas y ella le estira la mano con el suplemento deportivo. Y ni hablar si están en alguna reunión en casa de un matrimonio amigo, él puede alzar la cabeza de golpe, mirar para ambos lados mordiendo la comisura izquierda del labio, y ella se acerca a la anfitriona de turno y pide un vaso de agua sin gas.
Todo es tranquilo, suave, sin complicaciones. Su único problema es el menú de las noches. Asi que sale de la rotisería, entra al súper chino de la esquina y agarra un cosecha tardía, se acuerda que lo tomó una Navidad en la casa de Trini y la dejó relajada. Y eso le dijo la refléxologa, que tiene bloqueado el canal del disfrute, que tiene que relajarse.
Por eso llega al dúplex y se saca los stilletos, y descalza pasa derecho a la cocina y busca el sacacorchos, ¿dónde estará? no tomamos mucho vino. Mientras revuelve el tercer cajón, de reojo ve el post it en la puerta de la heladera y se acerca

Reunión del club, como ahí, no te preocupes por la cena

La tercera no cena de la semana, y justo hoy que había logrado decidirse por un vino. Abre la heladera y saca la botella de agua, va a tomar un vaso del estante de arriba y duda, tomo un sorbo del pico?, se la acerca a los labios y de un manotazo la revienta contra la pared.

Su único problema es el menú de las noches, y ahora ni eso.

desde la cabina del scania

Rueda BJ
verdad consecuencia
el parqué listo para el asado

*

Envuelta en la sábana hasta la clavícula
bien novela de los setenta
conversás desde el buche
como en reunión de consorcio
sobre tuercas, alergia y rimas

*

el pirata romántico pide
balanceo y dirección
al ritmo de gilda
preferís ataque
o pescado
lo que la mula
disponga

*

el chofer del scania
ensaya un haiku
pibas proponen
disponen
pibes contentos
las pibas ni te
casi le sale
casi
pasta rancia
de un trago
en andas
subís al bondi
al otro lado
esperan
los lindos
los limpios
los buenos
andá tranquilo
te cuido la parada
sonrisa ventanilla
asi te vas y
yo me quedo