martes, 22 de enero de 2008

el mosco, el barro y todo lo demás también

ávido muerto de hambre
se acerca me mide
da vueltas se queja
hace ruido y espera
porque sabe
que siempre
va a llegar
la tarde o la noche
de las rendiciones
*
es siempre igual
cuando está a punto
huye
presa del pánico
de morir envenenado
es igual
el punto de partida
la huida
*
en el día solo el canto de los pajaritos fisura
la noche contrapunto de sapos y grillos bembé
si hasta escucho como respira el perro güero
custodio del sueño
es una herejía si enciendo el orgasmaizer
el zumbido doble aa
en la noche solitaria del barro norte
barro de lancha sin bondi ni pasti
barro en exilio propietario

y nevó nomás

el chico de vez en vez
perdió la filcar en warnes
le vendieron una agenda
y no sabe bien qué
(la puta dicotomía del to be)
besos de parquímetro
las sábanas colgadas
en estacionamiento medido
y yo
que perdí el pronóstico hace rato
te digo
anoche nevó en buenos aires, nene
un insomnio de tristeza mal domada
eso si
somos encantadores hasta en la derrota
ufa. cambio y fuera.

julita

patas de tero
juega carreras
con las moscas
que la dejan ganar
princesa del totoral
su corte son
tres cuzcos
un pato rengo
dos mosquitos güeros
los ojos de barro
se le estrujan
si me ve
espiral en mano
a la caza del moscardón
pues hay
tres leyes
en su reino

no cruces el camino pereyra
los jejenes son los malos
los moscos son los buenos

le acuno la risa
hasta que se duerme
entre zumbidos

simulacro

Un chico
de los de vez en vez
me dice
a todos los telos de capital no llego
pero uno por barrio prometo que si
y salimos
la filcar en mano
requisa cartográfica
del orgasmón mental
muy amantes del objetivo de mínima
Lo veo reírse
perdido en warnes
y pienso
hasta los simulacros merecen
ritos y promesas

La hondonada

La noche en la hondonada
es amarilla
de focos cada dos cuadras
con alambre atrapa sueños
las únicas luces ciertas
en la circunvalación
marcan el límite
la brecha
el cemento que resiste al polvo
las luces blancas que indican
más allá si,
la promesa
Si en domingo
me levanto en patas
y después del mastico
mastico y mastico
la muzza fría
el queso estalactita
la aceituna sub 80
bajo el parlante al piso
lo pongo en 27
me tiro espalda al parqué
el punteo
de la luna rosa
retumbando en el espinazo
si es en domingo
es porque te extraño
mientras mastico y mastico

viernes, 16 de noviembre de 2007

Interiores

el golpe de polvo al bajar el primer escalón
la hondonada al centro
una sequedad a prueba de agua y consuelos

rectas las veredas, las casas, los perfiles
sólo en el tronco seco y retorcido de la parra
dominatriz de los fondos interiores
se entiende el interior atormentado
las ganas de agarrar la curva cerrada a 200
y sin airbag

ya lo dijo La Poeta
imposible vivir ahi sin sustancias

(......)

El tren antidisturbio
marcha nube gorda
atranca la vista
justo ahi donde
me dijiste que no
tres veces tres
la espalda cruz al sur
el pasto sintético come
el hígado la sombra
y el revés
tapones de punta

siempre fui buena eligiendo
venenos y verdugos

Apuro

Las uñas en francesita, por favor, ni muy cortas ni muy largas

Mientras la piba que hace manos acompasa el movimiento de la lima al ritmo de Vuelveeeeeeee quemefaltaelaireeee situnoestáaaaaaaaas, ella se mira de reojo en el espejo de la peluquería. Brushing perfecto, el bronceado justo. Está impecable.
Justo a tiempo piensa mientras mira el reloj que él le regaló para el primer mesario.

Cualquiera que la viera diría que no le gusta esperar.

El sacudir constante del pie, la percusión de los dedos sobre la cartera, la billetera abierta en la mano cuando todavía tiene dos personas delante. La cajera entrega el ticket y por cortesía aprendida en la capacitación de la franquicia le pregunta ¿Estuvo todo bien?, y ella ni contesta porque ya está a mitad de cuadra taconeando con los stilettos.

Sin embargo, ese apuro es pura espera.

Desde el lunes espera para que le confirme si desayunan juntos el jueves, si en año nuevo se podrán cruzar en la fiesta del estudio antes de las 12, si en marzo cuando él vuelva de las vacaciones en familia se van a poder ir un fin de semana a mar de las pampas.

Llega al bar de los martes, mira el reloj justo a tiempo, se sienta en la mesa de siempre y pide una lágrima.

Saca el celular de la cartera, no sea cosa que no lo escuche y asi comienza el ritual.
Llamada de tambores con los dedos mientras repasa la Caras de la semana donde el galán de turno admite que la puso tres veces y lo embarazaron. Después los ojos pasean por la Cosmopolitan Sabé si te dice la verdad y para qué seguir leyendo si ella podría escribir el manual de la segunda perfecta.

Mira y lee pero siempre en diagonal, para terminar los ojos clavados en la pantalla muda del teléfono. Porque hay que esperar que llame, nunca llamar, anotá.

El pie entra a contrapunto con los dedos que ya no solo juegan al malambo sobre la mesa sino que arrugan las esquinas de la Gente donde la Dupláa dice que no es la más linda pero sí la más suertuda.

La moza de pollera negra esperanza y zapatos de enfermera se acerca

¿Puedo retirar?
Retire todo, no espero más

Félix

Mamá Mirta se la pasaba murmurando goy puta mitad en idish, mitad en matancero cada vez que Félix llegaba con la valija vacía y el saco pidiendo un nuevo pitucon.
Mamá Mirta era mamá, pero le deciamos Mamá Mirta para diferenciarla de Mamá Olga, la mamá de mamá, que nos cuidaba cada vez que los murmullos se volvían gritos, porque cuando en casa se gritaba, se gritaba en serio.

Félix era papá, pero nunca le dijimos papá. Era viajante y estaba tan poco en casa, y cuando estaba lo veíamos tan poco, que nos acostumbramos a decirle como le decían todos los que venían a buscarlo a la casa de Ramos. El almacenero golpeaba las manos ¿Está Félix?, el señor del bar frente a la plaza ¿Está Félix?, el viejo de la esquina que vendía ballenitas y billetes de lotería ¿Tá Félix?. Tanto buscarlo, y tanto no encontrarlo, terminó siendo Felix a secas.

Un mediodía que veníamos con mi hermano Roberto pateando bolitas de paraíso después de la escuela, encontramos a Félix a mitad de camino, transpirando con un bulto blanco peludo debajo del brazo.
Nos moríamos de curiosidad por preguntarle qué era eso que llevaba quietito debajo del sobaco, pero no lo hicimos. Seguimos camino los tres y el bulto blanco peludo juntos, pero con Roberto dejamos de patear bolitas para apurar el paso.

Ni bien entramos en la cocina, Félix llamó a Mamá Mirta y con un mirá que les traje a los pibes gringa, depositó el bulto peludo blanco sobre el piso

Y ahi le vimos los ojos rojos, y las orejas largas. El bulto peludo blanco era un conejo. Mamá Mirta lo miró como miraba al verdulero cuando le metía dos papas con brotes en el kilo, pero no dijo nada.

Félix nos preguntó ¿cómo le quieren poner?.

Roberto miro directo a los ojos rojos, me miró y dijo: Félix

Mamá Mirta se acercó, la mano tensa lista para el cachetazo de revés, pero Félix la frenó despacio y le dijo: dejálos.

Asi esa tarde se fue Félix de nuevo de gira con la valija llena y pitucon zurcido y llegó el otro Félix a casa.

El Félix peludo no hacía mas que comer, cagar y tirar las orejas para atrás, se parecía bastante al Félix primero. Pero a Roberto y a mi la rutina nos entretenía. Llegábamos de la escuela, pasábamos directo al fondo, y ahi entre el alambre tejido robado al campito vecino, mirábamos a Félix comer, cagar y tirar las orejas para atrás.

Lo de comer y cagar, mas o menos lo teniamos claro. Lo que entra sale decía Mamá Olga y asi era también con Félix. Pero lo de tirar las orejas para atrás nos tenía intrigadísimos. Sólo habíamos escuchado decir a Mamá Mirta cuando pone las orejas asi, no lo toquen.

Una tarde de siesta en esas que no podíamos escapar a la calle porque el viento soplaba por los cuatro costados, los pelos se enredaban y la pelota giraba en el lugar, estábamos encerrados jugando a leer las manchas de humedad del techo cuando sonó el telefono.

Vimos a Mamá Mirta pasar rápida de la pieza al comedor, y después solo escuchamos los gritos en idishe félix te mato goy ppputa escupidos al tubo

Entonces Roberto me tiró del brazo y salimos por la puerta de la cocina derecho al fondo. Y ahi estaba el otro Félix, los ojos entrecerrados, las orejas para atrás.

Roberto lo miró, me miró, y acercó la mano al alambre. No pude ver nada mas, el viento soplaba fuerte y los rulos me tapaban la cara, pero el grito lo oíNo era Mamá Mirta, mitad en idishe, mitad en matancero, era Roberto.

Roberto gritaba y yo veia todo rojo, los ojos rojos de Félix y la mano roja de sangre de Roberto.

Corrimos adentro, Mamá Mirta que seguía llorando y gritando al lado del teléfono colgado, nos vio primero a los dos, después vio la mano de Roberto, la sangre manchando el piso y nos pasó de largo como si fueramos transparentes, derecho a la cocina.

La seguimos y el camino de ida y vuelta se marcaba con la sangre de Roberto que habia dejado de gritar y solo lloraba. Mamá Mirta no estaba en la cocina pero la puerta de mosquitero se azotaba por el viento.

Corrimos al fondo, el pasto verde contra la sangre roja y Mamá Mirta, cuchilla en mano, de un solo tajo degollando a Félix.

La noche de esa tarde sangrienta nos comimos a Félix en guiso,
del otro Félix no supimos nada más.

Esperando el aguacero - II

Primero llegaba la langosta con su nube negra y aceitosa. Los repasadores olvidados en la soga, la escoba al costado de la bomba de agua, el diario en el banco de la plaza, todo era devorado en cuestión de segundos.
El crujir tic tic tic de las maderas resistiendo el embate de los bichos golosos enloquecía a las mujeres solteras. Asi contaba Doña Alicia que había nacido Nicanor, su único hijo. Allá por sus dieciseis, durante el paso de la manga, terminó entre los maizales con un papero. La cosecha se arruinó, el papero se fue a la vendimia y al poco tiempo llegó Nicanor, pelo grasoso, pocas luces y un hambre voraz. De ahi que al pobre los paisanos le dijeran "el hijo de la langosta" cuando pasaba por la vereda del boliche derecho al almacén.
Pero ni bien las doñas salían con el balde y la pala a juntar las migas del festin, el piso comenzaba a moverse.
Y no eran mareos ni temblores de bajotierra, eran miles y miles de sapos que salían vaya a saber uno de dónde a cubrir cada centímetro disponible. Si ni las paredes se salvaban, los sapos trepaban como sombras las casas de ladrillo a la vista, las cubiertas por cal y hasta las que sólo tenían paja y adobe.
Para los chicos del pueblo la llegada de los sapos era una fiesta. No paraban de patinar sobre los lomos lustrosos, y Don Aníbal el portero aseguraba a quien quisiera oirlo “estos son sapos extranjeros, mirelós, bien alimentados”...

Esperando el aguacero - I

Ya no cabía un alfiler en el terraplén de la estación Voluntad. Estaba el almacenero, el carnicero, el cura y sus dos monaguillos, las chicas de la casa de citas al final de la calle, la maestra, la directora de la cooperadora de la escuela, los chicos con los guardapolvos grises por el polvo, los peones del campo lindero, y del otro, y del de más allá, detrás de la lomada grande.
Estaban todos esperando, abanicándose el calor y las ganas de buenas noticias, espantando las moscas y el malhumor.
A pesar de la muchedumbre congregada, las puertas de la estación permanecían cerradas. Cualquiera que pasara en el tren de las 12, cuando el campo está más plano y mas chato y hasta la lomada se hace pantano por ese sol en picada, diría que sólo eran 50 personas asoleándose al borde de los rieles.
Pero para Voluntad, esa era una auténtica muchedumbre, una congregación sin precedentes. Parecía historia vieja cuando el Turco Dulce, cada vez que venía con su carga de pienes de carey, tafeta y alguna que otra pieza de muselina, le repetía a las señoras “qué voluntad tienen ustedes de vivir acá”, y las señoras sonreían de costado con resignación ante el chiste.Es que a Voluntad, hasta hacía unos meses, le decían el pueblo de las mil plagas. El Turco Dulce viajaba por toda la provincia con su carga de brillos baratos, de sueños a medida, y había visto mucho, pero nada como aquella desolación de cuatro manzanas y dos calles en cruz, donde como cristos las cincuenta vidas veían pasar los días mientras las plagas se sucedían...

miércoles, 3 de octubre de 2007

Súper

Frente a la góndola de perfumería mira 500 centímetros cúbicos a ocho con setenta
mejor llevo dos de 250 que me sale siete

desodorante, son sólo 25 tickets de 2 pesos cada uno y todavía le falta azúcar y fideos
compra los tricolor, enruladitos, hace calor y los prepara en ensalada y ya que está parece que comen verduras también

el desodorante, se fija el axe que él usa y si le suma el fa de ella no llega, mejor agarra el veritas familiar, el celeste que el rosa es asqueroso tiene olor a talco y telo se acuerda y se ríe

el pelo larguísimo y duro, necesitaría una buena crema de enjuague pero mejor le llevo dos botellas de rosado uvita de plata para el domingo

camina 20 cuadras porque esas 20 cuadras hasta el coto de abasto hacen que los 25 tickets de 2 pesos cada uno alcancen para mas o menos todo el mes

las bolsas le cortan los dedos, los dedos largos y blancos que la vecina inglesa acariciaba fingers de pianista diar mientras le servía otro té con scones, ahora morcillas que no rankean ni en asado de croto, morcillas violetas pero flacas, tristes, morcillas de vaca anoréxica

20 cuadras y traba la puerta del palier con el culo mientras baja las bolsas de a una y como todos los meses piensa la próxima guardo seis pesos y tomo un tacho

sube los dos pisos por escalera, si parezco el ekeko pero flaco y ni siquiera un pucho para pedir deseos

entra derecho al baño pero llega a ver la rodilla huesuda y brillante que asoma de la sábana.

Estuve todo el día mirando discovery, pude engancharme del de arriba, que comemos hoy?

ya ni le contesta, llora mientras acomoda el veritas familiar al fondo del botiquín.

finde

sábado a la noche
picada con chizitos
ravioles conurbanos
tele encendida en avisos de telecentro
manos que curan gatita completa amarres

domingo a la tarde matera y puerto de frutos
compran canastos para la ropa sucia
flores secas, más canastos, para las ganas
no hay canasto que alcance acá

lunes escritorio café de máquina ratonera
traje azul macowens en carpa
la tira del corpiño de la del sexto
te alcanza para un foca empantanada con la tele encendida
rapidez y calidad doblego mente y corazón 30 años me avalan

no hay caso, el vómito viene después del ahogo

la final

7 de la mañana. Todavía no sonó el despertador pero ya estoy arriba, cara lavada y dientes también.
Me asomé a la pieza y papá ronca, mamá ni se ve detrás de la panza, pero está ahi seguro.
Ya calcé las canilleras, me subí bien las medias y estoy calentando el café con leche. Me puse en el pelo un gel del tío que encontré en el botiquin, tiene olor a menta , me gusta. Pero no pierdo el tiempo, trote y pique corto de la heladera a la mesada, para calentar.
No es que me desperté temprano, no pude dormir. Hoy es la final contra villa dálmine, y el corazón se me sale por las orejas, hoy ganamos.
Y no necesito meter ni un gol, voy en la punta de la tabla de goleadores.
Pero uno tengo que hacer, quiero que me den el trofeo dorado ese que tiene andres arriba de la repisa.
“Felicitaciones Campeones Categoría 98” asi dice el cartel, lo tienen guardado en el buffet del club para cuando lleguemos.
Pase corto al flaco, pico tranqui que está juan atrás, no puede fallar.
Qué nervios, me duele la panza. Mejor no tomo nada, me como una tita.
Qué lindo quiero una foto con el trofeo grande en la mano para llevar al cole. Uh cierto que en el cole no pueden saber, pero la puedo colgar en la pieza.
Uy me duele mucho la panza, mejor no corro más. Voy al comedor, hago ruido con el clarin que ya llegó, voy hasta la puerta de la pieza pero nada, siguen durmiendo.
Son las 7.20, me duele mucho, mejor voy al baño.
Qué nervios, pero todo va a salir bien, tengo el rosario de la abuela bien metido en la camiseta y
la estampita de san benito en el botinero

MAMAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

El grito levanta al barrio entero. La madre salta de la cama, choca con la panza del padre que todavía atontado intenta calzarse las pantuflas, y corre al baño.
Y ahi la ve, sentada al inodoro, con los botines puestos, el pelo engominado, la bombacha manchada de sangre.

maridaje

¿Qué vino me recomendás para acompañar unas milanesas?

El pibe de la rotisería la miró como si estuviera ante Pichot cantando con Los Palmeras.
Hace 6 meses que debe pensar comida para dos y el repertorio de Marta, la señora que le arreglaba la vida a su madre y que heredó junto al juego de copas flauta, no incluye maridajes.
¿6 meses? Si parece que se conocen de toda la vida. Durante el desayuno del domingo a la mañana, siempre y cuando esté nublado porque domingo de sol se amanece ya rumbo al country, él levanta las cejas y ella le estira la mano con el suplemento deportivo. Y ni hablar si están en alguna reunión en casa de un matrimonio amigo, él puede alzar la cabeza de golpe, mirar para ambos lados mordiendo la comisura izquierda del labio, y ella se acerca a la anfitriona de turno y pide un vaso de agua sin gas.
Todo es tranquilo, suave, sin complicaciones. Su único problema es el menú de las noches. Asi que sale de la rotisería, entra al súper chino de la esquina y agarra un cosecha tardía, se acuerda que lo tomó una Navidad en la casa de Trini y la dejó relajada. Y eso le dijo la refléxologa, que tiene bloqueado el canal del disfrute, que tiene que relajarse.
Por eso llega al dúplex y se saca los stilletos, y descalza pasa derecho a la cocina y busca el sacacorchos, ¿dónde estará? no tomamos mucho vino. Mientras revuelve el tercer cajón, de reojo ve el post it en la puerta de la heladera y se acerca

Reunión del club, como ahí, no te preocupes por la cena

La tercera no cena de la semana, y justo hoy que había logrado decidirse por un vino. Abre la heladera y saca la botella de agua, va a tomar un vaso del estante de arriba y duda, tomo un sorbo del pico?, se la acerca a los labios y de un manotazo la revienta contra la pared.

Su único problema es el menú de las noches, y ahora ni eso.

desde la cabina del scania

Rueda BJ
verdad consecuencia
el parqué listo para el asado

*

Envuelta en la sábana hasta la clavícula
bien novela de los setenta
conversás desde el buche
como en reunión de consorcio
sobre tuercas, alergia y rimas

*

el pirata romántico pide
balanceo y dirección
al ritmo de gilda
preferís ataque
o pescado
lo que la mula
disponga

*

el chofer del scania
ensaya un haiku
pibas proponen
disponen
pibes contentos
las pibas ni te
casi le sale
casi
pasta rancia
de un trago
en andas
subís al bondi
al otro lado
esperan
los lindos
los limpios
los buenos
andá tranquilo
te cuido la parada
sonrisa ventanilla
asi te vas y
yo me quedo

En jerga

El sol le pega justo a las tres de la peca mayor, entre el labio y la nariz. Es la hora.

Salta del colchón y en patas encara derecho al baño. Se escucha el chorro chiquito, al toque el chorro largo y fuerte del tanque y enseguida el chorro mediano de la pileta.

Calza las ojotas, se asoma al balcón. El pelo le tapa la cara, buen viento, piensa, hay que apurarse.Se pone una remera, bermudas, tantea las llaves en el bolsillo, la pita, está todo. Agarra la chanchita, y sale.

Hace tres semanas que espera este día. Soñó toda la noche con una izquierda chupada, brazeaba con agilidad, sin sentir el pinchazo agudo en los hombros, y la veía venir. Le entraba justo, ligero. La corría y era eterna. Ojalá piensa y sonríe a las persianas de la cuadra todavía cerradas.

El viento viene de bien adentro asi que con los rulos de antifaz camina las cinco cuadras de memoria, no ve nada.
Recordando el tubo perfecto de la izquierda que corrió toda la noche, se da cuenta que siempre sueña sin banda de sonido. Ni ruido ambiente, ni diálogo, ni música incidental. Su abuela le contaba que de chica siempre soñaba con la marsellesa de fondo, asi fuera una pesadilla en la que el abuelo polaco era protagonista indiscutido o una romántica con el galan de turno. Él no, sus sueños siempre son silenciosos. Tan silenciosos como esta mañana. Es raro, hay viento y viene siguiendo el pronóstico de buenos swells desde hace tres semanas, no fallan, piensa.

Asi llega como en película muda a la bajada de todos los días. Y no ve, entonces se levanta la remera a pesar del frío en la panza e improvisa un turbante para domar a los rulos. Y ve sí, pero no lo puede creer, la chanchita se le cae del brazo, un nuevo abolle.

El mar se fue, no está y no está soñando.

El ficus de enfrente

Sentado contra la ventana del bar, mientras su viejo lee el diario y cada 5 minutos relojea si el nivel del café con leche bajó, el pibe sigue atento al ficus de enfrente.

Esta rutina lleva unos dos, tres meses. Desde que el viejo sepultó la lengua más que de costumbre y la madre sale de la cama sólo para ir al baño, y a veces ni eso. A eso de las 7 encaran para el bar, y ahí se quedan hasta las 8, cuando suena el último timbre de la escuela, exactamente a tres puertas y un local, sobre la misma vereda.

El pitido agarra al viejo siempre a mitad de Deportes, putea bajito, lo agarra al pibe de la mano, lo deja en la puerta con un arrime que pretende ser beso a la altura del flequillo. Así todos los días. El bar, el café con leche, el diario, el arrime. Menos el ficus.

Incluso antes de descubrir el secreto, el pibe se dio cuenta que estaba ante algo raro. No era una planta cualquiera, como esas que ahora se secaban en el balcón de su departamento. Esta tiene una forma compacta, rectangular, de aristas perfectas. Algo en esa perfección, lo perturbaba.

Una mañana de esas iguales a todos los días, buscando la forma de que el timbre sonara más rápido, el pibe los vio.Un señor de traje y maletín parecido al que usaba su viejo hacía unos meses, y que ahora era reemplazado por el diario. Una señora, dos pasos más atrás, de cartera cruzada y largas piernas en cuadrillé.

Doblaron la esquina, casi al trote, y a la altura del ficus, desaparecieron. Esperó un rato, se restregó los ojos, pero asi y todo la pareja no apareció. Sonó el timbre y se fue a la rastra, los ojos fijos en la planta.

Van dos, tres meses. Y ya usó todos los dedos, hasta el chiquito del pie izquierdo. Está dispuesto a hablar.

El ficus de enfrente se traga gente, siempre de a dos. Y nunca vuelven.